Buscar este blog

viernes, 16 de enero de 2026

LA EXTRAÑA CONVENCIÓN DE LOS FILÓSOFOS DESTERRADOS

Venían de todo el país. Eran hombres y mujeres con aspecto despistado pero de mirada profunda y ojos agotados al mismo tiempo y por paradójico que pareciera. Entraban por una puerta estrecha de un callejón trasero de una calle de barrio de la ciudad. Una ciudad importante de un país civilizado según los cánones de civilización moderna y avanzada. Todos se iban metiendo por aquella estrecha puerta y mirando de un lado a otro vigilando que nadie les estuviera siguiendo. Incluso ya en la calle normal de barrio se les había visto caminando con pasos inseguros, mirando a todos los sitios al mismo tiempo. Unos eran delgados, flacuchos, algo encorvados. Otros, algo gruesos debido a grasas acumuladas por falta de ejercicio, pues las horas de lectura de las grandes obras filosóficas y el tiempo de reflexión lo hacían sometidos a una necesaria vida sedentaria. Las mujeres por alguna razón llevaban gafas gruesas, pero los cuerpos parecían más cuidados. La filosofía las hacía más activas y lucían cuerpos saludables. Otros venían en sillas de ruedas cargadas de libros en un tiempo en que los libros ya eran pura decoración o piezas de museo. Muchos vestían túnicas raídas y se llamaban a sí mismos estoicos radicales. Los platónicos vestían de traje blanco, los aristotélicos de mono azul, los escolásticos vestían de sotanas negras y los cartesianos se vestían con trajes impecables verdes y cuadriculados. Los demás no destacan por su vestir que era común y tan variado como el de cualquier ciudadano normal y corriente. Todos, sin embargo, dejaban ver esa mirada profunda y agotada y a veces desencajada. Pero se les veía decididos. Algo así como si fuesen dueños de los secretos y verdades del mundo, pero humildes al mismo tiempo. Quizás tímidos. Todos eran paradojas vivientes los que iban entrando por aquella estrecha puerta del callejón trasero.

A medida que entraban iban bajando escaleras muy poco iluminadas. El olor del ambiente era rancio. Un aire viciado por falta de ventilación. A medida que iban bajando pisos bajo tierra hacían rezumbar sus pisadas, sus zapatos de suela gruesa, botas enormes de seguridad forradas con hierro, otros llevaban zuecos asturianos, otros zapatillas de sala de estar, mujeres con zapatos topolinos, todavía otros descalzos. Faltaba decir que casi todos portaban grandes mochilas pesadas donde llevaban el bagaje de su pensamiento. La materialidad de su pensamiento en forma de ordenadores, o de libros, o de apuntes, o de símbolos extraños de madera y piedra, de baterías de larga duración, de alimentos en forma de latas de conserva, de linternas de varios tamaños y colores.


Bajaban. Iban bajando pisos y más pisos. La humedad y el olor rancio se fue transformando en un aire pútrido que producía náusea, pero nuestros filósofos eran valientes, decididos, nada les podía parar o impedir llagar a su destino. Afuera el mundo los había convertido en una especie a eliminar. Poco a poco la filosofía iba despareciendo de las universidades, de los centros educativos, los filósofos no se atrevían a mencionar la filosofía para no ser vilipendiados, objeto de burlas soeces, incluso se les llegaba a escupir con desprecio. Más tarde fue la más absoluta indiferencia: la filosofía había pasado a ser un conocimiento oscurantista, esotérico, escatológico, mágico-escapista propio de enfermos mentales paranoicos, esquizofrénicos, psicóticos agudos… Sin embargo el estado no las tenía todas seguras y acabó reduciéndolos a la más absoluta negación de su existencia, sabiendo que nunca podría extirpar de un modo discreto y silencioso a tales despojos humanos envilecidos por su modo de cuestionarlo todo y dejar todas las certezas y obediencias al desnudo. Podían llegar a ser un veneno ponzoñoso aun cuando los ciudadanos del país ya sabían reírse cuando se les hablaba de aquellos filósofos casi desaparecidos.

Los filósofos seguían bajando pisos subterráneos retumbando sus botas, sus distorsionantes calzados, sus cuerpos torpes, sus mentes lógico-expansivas, sus globos mentales que alcanzaban a perderse en el cielo infinito, pero también su absoluto realismo con los pies muy pegados en la superficie del planeta que siempre les resultaba un misterio indescifrable, pero casi al alcance de la metafísica decisiva.

Y bajaban escalones y pisos….

Y más pisos y más escalones, y las luces cada vez más mortecinas. Y los olores ya parecían insoportables pues un hedor tenebrosamente punzante les hacía colocarse unas máscaras que ya llevaban preparadas. La filosofía estaba preparada para cualquier situación existencial por muy dura que resultase. La bajada parecía no acabar nunca y el presentimiento era de alcanzar un hades o sheol desde donde luego podrían catapultarse hacia los prístinos espacios de la Razón e Imaginación por medio de las abstracciones más suaves y placenteras. Otros murmuraban sobre la imposibilidad de encontrar ningún refugio del espíritu y el consuelo era probar que la fisura que nos separa del paraíso era eterna. Sufrimiento y desasosiego eterno.

Y seguían bajando y bajando…

Hasta que la más absoluta oscuridad los fue cegando, se iban perdiendo por las más abyectas tinieblas y el aire era corrosivo.

Se fueron convirtiendo en seres viscosos con ojos reptilianos. Empezaban a caminar a cuatro patas y sus aullidos eran como gemidos intraducibles.

De repente fue la luz.


Y la luz los fue transformando en ángeles. Por fin habían alcanzado la verdad. Sentían una especie de orgasmo cósmico que los disolvía en puro deleite. Se sentían desnudos ante la verdad y su deseo era infinito, tan infinito como inalcanzable. Flotaban en una atmósfera fresca y limpia habitada por conceptos inflados como globos que se iban estructurando alrededor de las categorías parecidas a enormes diamantes. La atmósfera fresca se fue trasformando en una multitud de atmósferas que se iban dispersando bañadas por intensas luces de diferentes colores. Eran los espacios metafísicos tan anhelados por todo filósofo aspirante a las esencias, a las ideas, a las palabras eternas, al final de todo sosiego y sufrimiento. Una estructura lógica iba cristalizando todas las atmósferas en forma de red soldada por argumentos de todo tipo. Argumentos, silogismos rocambolescos, proposiciones, juicios, metáforas desconcertantes, metonimias resbaladizas, dialécticas desarraigadas de toda Realidad y dispersadas por multitud de Universales…

Nuestros filósofos trasformados en ángeles sentían que sus deseos, sus pulsiones, sus neurosis, sus obsesiones, sus anhelos, sus territorios puros o demencialmente desterritorializados, llevaban al placer orgásmico y orgiástico de cuerpo/mente fuera de tiempo, absorbidos por el Ser de Parménides donde toda la historia terrenal se podía contemplar en un presente absoluto…

Había merecido la pena haber venido a la Convención Filosófica más secreta y profunda del planeta. La Verdad se fundía en puro placer y luz, intensa luz.

Hasta que la luz se apagó.

Y la nada borró todo como un simple soplo.

Todo dejó de ser y existir y la oscuridad se hizo eterna. Absolutamente muda y sin sentido.

Amén

viernes, 9 de enero de 2026

OBJETIVO: HOSPITAL DE FAIRFAX

 Abro este espacio y entro con palabras. Me tengo que ir abriendo y articulando para que tú me reconozcas. Con palabras que iremos abriendo y al mismo tiempo que vamos abriendo significados nos vamos haciendo idea de cómo podemos hacer un mundo. Quizás una comunidad si otras mentes entran a leernos y les atrae lo que decimos. Pero de entrada nos hemos de hacer a la idea de nuestra singularidad y soledad. No pasa nada. Lo que estamos haciendo ya está registrando para una eternidad que por ahora es una palabra más en este registro. Al pronunciar "eternidad" la palabra se asocia a una idea simple sin encarnación o materialización posible. Dios es eterno y vive en una eternidad. Imposible de comprender o visualizar. Una idea abstracta. La eternidad filosófica. Fuera del tiempo/espacio. La podemos abstraer, pero no vivir como experiencia. Pero la podemos concebir como abstracción. Importante. Ya vamos avanzando en este espacio a través de palabras. Creo que contamos con un infinito registro de significaciones.

Voy a empezar en un punto. Un punto que abro ahora y hablo/escribo: la niña tenía unos siete meses y padecía de un fuerte catarro. Alexandria, estado de Virginia. Su madre está trabajando dando clases en una escuela elemental. Yo, quien escribe, recuerda que tenía una consulta en un centro médico de Arlington. Meto a la niña en su asiento de bebé bien sujeta en la parte de atrás del Toyota Corolla y llego a la consulta. Es invierno. Anuncian nieve y está oscureciendo. La doctora es iraní, una mujer de mediana edad de rostro agradable. Una mujer guapa. Explora a la niña para descartar que tal catarro o condición gripal no es un síntoma de meningitis. Pero al final de la exploración no está segura de haberlo podido descartar. Entonces elabora un informe breve y me dice que debo de llevarla a urgencias a un hospital de Fairfax. Debo de amarrarla bien al asiento impidiendo que mueva la espalda. Voy con la niña de siete meses al coche y la sujeto lo mejor posible fija al asiento de bebé. Anochece. Amenaza nieve. De hecho ya comienza a nevar. El Hospital de Fairfax me queda a unos 20 kilómetros. He de avisar a mi mujer, pero en ese instante no puedo. Es el año 1987. No hay móviles. Primero he de llegar al hospital de Fairfax cuanto antes. Se trata de un caso de urgencia. Posible meningitis. Nervios. Ansiedad. Angustia quizás. La niña tose atrás. No se puede mover bien. La médica ha decidido que si la llevo yo ahora sería más rápido que llamar a una ambulancia de la que no disponía el centro médico de consultas.

Miro el mapa, apunto la ruta. Hay que meterse por una carretera secundaria. Nieva. Caen gruesos copos. Me dirijo con valor y fuerte concentración al hospital de Fairfax. Mi mujer tiene que saber cuanto antes dónde estoy y ha de venir como sea. Los veinte kilometros por la noche y nevando son una pesadilla. La niña llora angustiada. Quiere que la coja. He de seguir con concentración máxima. Pongo la radio y anuncian nieve en Fairfax county y toda la zona de Arlington, Prince Williams, DC, etc.

Llego al hospital y paso a urgencias. Leen el informe y me cogen a la niña y me dicen que espere en la sala de espera. La niña desaparece tras unas puertas batientes con gente de uniformes verdes y anchos. El hospital es moderno. Hay varias personas esperando. Voy al teléfono y llamo a la escuela elemental donde trabaja Robbie. Dejo un mensaje a la secretaria explicando la situación. Y espero. Durante la espera llegan accidentados debido a la nieve. La espera resulta angustiosa. Llevo ya una hora y cuatro cafés de máquina. Por fin llega Robbie. La ha traido una compañera a pesar de que la nieve ya cubre las carreteras y las hace inseguras. Hablamos. Desahogamos. La amenaza de algo serio nos hace sentirnos una sola persona. Una fuerza intensa, especial nos une más que nunca en ese momento en la sala de espera de urgencias del hospital de Fairfax. Ya son las ocho. Han pasado dos horas. Paseos nerviosos por pasillos, dando vueltas al círculo que forma el pabellón de urgencias. En un momento determinado un médico ataviado con las vestimentas verdes propias de actuaciones urgentes, nos dice que ya han hecho una punción en la columna para analizar el líquido y comprobar si hay o no hay una meningitis. Nos dice que esperemos un poco más. Hay más


ambulancias que llegan. Gente. Familiares angustiados. Hay oscuridad afuera con reflejos espectrales de nieve. Frío. Mucho frío. Sensación de que la vida en cualquier momento se puede abrir a inesperadas complicaciones y todo puede cambiar de forma radicalmente imprevista rompiendo las normales expectativas de una familia con su primera niña. Contingencias. El tiempo se abre a cada instante dejando entrar al futuro para hacerse pasado en la memoria. No hay presente salvo como palabra referida a momentos en puro flujo.

Al final, despues de una hora más de espera el médico sale y nos indica que le sigamos a su despacho adyacente. Nos dice que no es un caso de meningitis, sino un cuadro de gripe fuerte con alguna complicación bronquial, pero que con antibióticos se soluciona. Nos hace las recetas. Recogemos a la niña con alivio. Descompresión. Las fuertes emociones se van descomprimiendo en forma de gran alivio. De libertad y nueva oportunidad de vivir al margen del peligro, la angustia, la pesadilla de una incertidumbre de futuro.
Llegamos a casa. Alexandria, Virginia. A unos tres kilometros está el Pentágono. Llegar a la orilla del río Potomac es un paseo. La niña de nuevo en casa. Robbie la mima y la acuesta. Yo me deslizo de nuevo al Toyota Corolla y me meto en un Seven Eleven para comprar una botella de vino californiano. No bebo. Nunca bebí. Pero aquella circunstancia habría que celebrarla al modo pagano. La alegría era intensa.

Cierro este relato. Hay un punto. Al abrirlo de nuevo entramos en otro episodio, otra circunstancia. Otra exploración imaginativa vivida, creada, probada: otro viaje más en el flujo espacio/tiempo.