Abro este espacio y entro con palabras. Me tengo que ir abriendo y articulando para que tú me reconozcas. Con palabras que iremos abriendo y al mismo tiempo que vamos abriendo significados nos vamos haciendo idea de cómo podemos hacer un mundo. Quizás una comunidad si otras mentes entran a leernos y les atrae lo que decimos. Pero de entrada nos hemos de hacer a la idea de nuestra singularidad y soledad. No pasa nada. Lo que estamos haciendo ya está registrando para una eternidad que por ahora es una palabra más en este registro. Al pronunciar "eternidad" la palabra se asocia a una idea simple sin encarnación o materialización posible. Dios es eterno y vive en una eternidad. Imposible de comprender o visualizar. Una idea abstracta. La eternidad filosófica. Fuera del tiempo/espacio. La podemos abstraer, pero no vivir como experiencia. Pero la podemos concebir como abstracción. Importante. Ya vamos avanzando en este espacio a través de palabras. Creo que contamos con un infinito registro de significaciones.
Voy a empezar en
un punto. Un punto que abro ahora y hablo/escribo: la niña tenía unos siete
meses y padecía de un fuerte catarro. Alexandria, estado de Virginia. Su madre
está trabajando dando clases en una escuela elemental. Yo, quien escribe,
recuerda que tenía una consulta en un centro médico de Arlington. Meto a la
niña en su asiento de bebé bien sujeta en la parte de atrás del Toyota Corolla
y llego a la consulta. Es invierno. Anuncian nieve y está oscureciendo. La
doctora es iraní, una mujer de mediana edad de rostro agradable. Una mujer
guapa. Explora a la niña para descartar que tal catarro o condición gripal no
es un síntoma de meningitis. Pero al final de la exploración no está segura de
haberlo podido descartar. Entonces elabora un informe breve y me dice que debo
de llevarla a urgencias a un hospital de Fairfax. Debo de amarrarla bien al
asiento impidiendo que mueva la espalda. Voy con la niña de siete meses al
coche y la sujeto lo mejor posible fija al asiento de bebé. Anochece. Amenaza
nieve. De hecho ya comienza a nevar. El Hospital de Fairfax me queda a unos 20
kilómetros. He de avisar a mi mujer, pero en ese instante no puedo. Es el año
1987. No hay móviles. Primero he de llegar al hospital de Fairfax cuanto antes.
Se trata de un caso de urgencia. Posible meningitis. Nervios. Ansiedad.
Angustia quizás. La niña tose atrás. No se puede mover bien. La médica ha
decidido que si la llevo yo ahora sería más rápido que llamar a una ambulancia
de la que no disponía el centro médico de consultas.
Miro el mapa,
apunto la ruta. Hay que meterse por una carretera secundaria. Nieva. Caen
gruesos copos. Me dirijo con valor y fuerte concentración al hospital de
Fairfax. Mi mujer tiene que saber cuanto antes dónde estoy y ha de venir como
sea. Los veinte kilometros por la noche y nevando son una pesadilla. La niña
llora angustiada. Quiere que la coja. He de seguir con concentración máxima.
Pongo la radio y anuncian nieve en Fairfax county y toda la zona de Arlington,
Prince Williams, DC, etc.
Llego al hospital y paso a urgencias. Leen el informe y me cogen a la niña y me dicen que espere en la sala de espera. La niña desaparece tras unas puertas batientes con gente de uniformes verdes y anchos. El hospital es moderno. Hay varias personas esperando. Voy al teléfono y llamo a la escuela elemental donde trabaja Robbie. Dejo un mensaje a la secretaria explicando la situación. Y espero. Durante la espera llegan accidentados debido a la nieve. La espera resulta angustiosa. Llevo ya una hora y cuatro cafés de máquina. Por fin llega Robbie. La ha traido una compañera a pesar de que la nieve ya cubre las carreteras y las hace inseguras. Hablamos. Desahogamos. La amenaza de algo serio nos hace sentirnos una sola persona. Una fuerza intensa, especial nos une más que nunca en ese momento en la sala de espera de urgencias del hospital de Fairfax. Ya son las ocho. Han pasado dos horas. Paseos nerviosos por pasillos, dando vueltas al círculo que forma el pabellón de urgencias. En un momento determinado un médico ataviado con las vestimentas verdes propias de actuaciones urgentes, nos dice que ya han hecho una punción en la columna para analizar el líquido y comprobar si hay o no hay una meningitis. Nos dice que esperemos un poco más. Hay más
ambulancias que llegan. Gente. Familiares angustiados. Hay oscuridad afuera con reflejos espectrales de nieve. Frío. Mucho frío. Sensación de que la vida en cualquier momento se puede abrir a inesperadas complicaciones y todo puede cambiar de forma radicalmente imprevista rompiendo las normales expectativas de una familia con su primera niña. Contingencias. El tiempo se abre a cada instante dejando entrar al futuro para hacerse pasado en la memoria. No hay presente salvo como palabra referida a momentos en puro flujo.
Al final, despues
de una hora más de espera el médico sale y nos indica que le sigamos a su
despacho adyacente. Nos dice que no es un caso de meningitis, sino un cuadro de
gripe fuerte con alguna complicación bronquial, pero que con antibióticos se
soluciona. Nos hace las recetas. Recogemos a la niña con alivio. Descompresión.
Las fuertes emociones se van descomprimiendo en forma de gran alivio. De
libertad y nueva oportunidad de vivir al margen del peligro, la angustia, la
pesadilla de una incertidumbre de futuro.
Llegamos a casa.
Alexandria, Virginia. A unos tres kilometros está el Pentágono. Llegar a la
orilla del río Potomac es un paseo. La niña de nuevo en casa. Robbie la mima y
la acuesta. Yo me deslizo de nuevo al Toyota Corolla y me meto en un Seven
Eleven para comprar una botella de vino californiano. No bebo. Nunca bebí. Pero
aquella circunstancia habría que celebrarla al modo pagano. La alegría
era intensa.
Cierro este
relato. Hay un punto. Al abrirlo de nuevo entramos en otro episodio, otra
circunstancia. Otra exploración imaginativa vivida, creada, probada: otro viaje
más en el flujo espacio/tiempo.