eliminados así mismo todos los impertinentes nudos de las contradicciones; y entonces ahí estaba, en una urna de cristal, el pergamino que contenía todo el código del universo, con sus secretos ya desvelados; su eternidad atrapada en la quietud de una transparencia absoluta. Tal perfección significaba así mismo el poder absoluto sobre la realidad del cosmos, por eso el problema que surgía era el cómo y el momento de poder usar tal conocimiento sagrado o si nunca jamás de los jamases tal conocimiento debiera de ser usado alguna vez.
Otro
sacerdote, el honorable Gormandises, se le ocurrió decir que jamás había
posibilidad de que los grandes sabios y sacerdotes filósofos del país habrían podido llegar a esa perfección de
abstracción imperturbable, siendo ellos humanos y en alguna medida propensos
también a alguna leve o levísima afectación de carácter, prejuicio vanidoso, o desequilibrio
egoísta que haya marcado un desvío muy mínimamente interesado. De ser así,
decía el orondo Gormandises, entonces lo que tenemos en la cripta tendría que
ser siempre ya una aproximación a la perfección y en qué grado sería imposible
de saberlo. Con lo cual Gormandises, aguó la fiesta del gran sacerdote
Fotokarpio.
Es más,
decía Gormadrises con toda ingenuidad de glotón empedernido, Quién podía usar
ese conocimiento si no sólo los seres humanos no contaminados por ningún
prejuicio, poseedores de un equilibrio mental perfecto, de un sentido de
justicia jamás cuestionado; de una salud no castigada por enfermedad alguna que
haya podido crear interferencias de ánimo capaces de contaminar el conocimiento
perfecto. Gente que puedan demostrar no estar movidos por ningún interés
personal, por ninguna ambición, por ningún sentido de amor a su patria o
lealtad a algún dios; menos por alguna infatuación con alguna mujer o hombre;
sensibilidades estéticas que puedan imponer afectos o emociones. Aghh!
Imposible de encontrar tal persona en el reino ni en territorio alguno. Sólo algún
dios puro podría entender y descodificar el conocimiento perfecto.
¿De qué nos
serviría, de todas maneras tal conocimiento perfectamente absoluto, si no
podemos usarlo a nuestra sabia y docta y equilibrada y justa conveniencia oh
Gran Sacerdote? ¿Usted me entiende verdad? Alguien ha de abrir la urna en algún
momento y utilizar los códigos en beneficio de algo; y, nadie mejor que nosotros podríamos utilizar tal conocimiento con tanto sentido de la justicia y el equilibrio. Nos habríamos de adelantar al ambicioso emperador Klomástines quien quizá sepa ya de la urna acristalada; nos habríamos de adelantar a nuestros enemigos declarados, los Gromatok, quienes podrían apoderarse de la urna y de los códigos para su exclusivo uso. En definitiva, mis queridos cofrades, de nada nos sirve un conocimiento perfecto, si no podemos ni estar seguros de que así lo sea y si llegamos a utilizarlo nunca será tal conocimiento ya perfecto, sino a conveniencia de otra cosa. Asumamos que ese pergamino ya es en sí una infinita aproximación a cualquier absoluta perfección y así podemos hacer uso de él sin ningún rencor y a favor de nuestros santos y sagrados intereses.
momento y utilizar los códigos en beneficio de algo; y, nadie mejor que nosotros podríamos utilizar tal conocimiento con tanto sentido de la justicia y el equilibrio. Nos habríamos de adelantar al ambicioso emperador Klomástines quien quizá sepa ya de la urna acristalada; nos habríamos de adelantar a nuestros enemigos declarados, los Gromatok, quienes podrían apoderarse de la urna y de los códigos para su exclusivo uso. En definitiva, mis queridos cofrades, de nada nos sirve un conocimiento perfecto, si no podemos ni estar seguros de que así lo sea y si llegamos a utilizarlo nunca será tal conocimiento ya perfecto, sino a conveniencia de otra cosa. Asumamos que ese pergamino ya es en sí una infinita aproximación a cualquier absoluta perfección y así podemos hacer uso de él sin ningún rencor y a favor de nuestros santos y sagrados intereses.
Todos
quedaron en silencio. Nadie supo que decir. Gormadrises aprovechó el silencio y
la indecisión para meter la mano en la bandeja de los pasteles de Salmetakos y
se lo llevó a su impenitente bocaza.









