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lunes, 3 de febrero de 2014

EL PARAISO PERDIDO

Despiertas. Ves la habitación todavía bajo los efectos del último sueño que has tenido. Por unos instantes la realidad se percibe como cuando uno era niño. La luz del sol entra a raudales por la cristalera y hace que todos los objetos aparezcan con intensa alegría. Miró hacia fuera y veo los árboles en su misma frescura e
inocencia. Las ardillas saltan de un lado a otro. Una de ellas se para y mira hacia donde estoy. ¿Qué verá esa ardilla? ¿Cómo me verá esa ardilla? El cielo está azul. La hierba está todavía cubierta por el rocío. No tengo prisa para nada; y, por tanto me quedo sentado en el sofá relajado. Han sido momentos de pura inmanencia en la vida. Y cuando la vida se vive en esa pura inmanencia todo se ve como una fresca inocencia. Pero un simple darse cuenta de situación de excepcionalidad que se vive destruye la inmanencia y nos adentramos en el mundo de las preocupaciones. Tengo pendiente un trabajo para la clase de sociología. Hay que limpiar la casa. El coche tiene una avería que hay reparar. R. me recuerda que sus padres vienen a visitarnos el jueves. Me levanto del sofá y me doy cuenta que hay que ducharse y vestirse. Todas esas preocupaciones son también la inmediatez de la vida, pero con una diferencia: actuamos siendo conscientes de que actuamos. El reino de la inocencia y la nobleza desaparece para dar entrada al mundo que te obliga a vivir y a sentir lo que vives. La existencia es como una deuda permanente que has de ir pagando hasta la muerte. Nos está prohibido vivir en el paraíso de la pura inmanencia. Somos seres caídos que a veces, como pequeños fogonazos, vislumbramos la posibilidad de la inocencia y la nobleza.

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