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sábado, 6 de noviembre de 2010

MI VIDA Y AVENTURAS CON LA AMERICAN ROACH

Dicen que las cucarachas americanas se están habituando al clima europeo cada vez más templado. Yo, humildemente; y, sabiendo que antes irán a la Wikipedia a buscar el epígrafe sobre tal insecto, les contaré mis aventuras con la American Cockroach o Roach.

Yo conocía las cucarachas españolas que eran grandes y de color negro. Además las cucarachas españolas eran más bien torpes en comparación con la nueva cucaracha que iba a conocer pronto en América. Fue en Austin, en los apartamentos para estudiantes casados de Colorado (Colorado Married Student Housing) que estaban situados a pocos metros de la orilla asilvestrada del Río Colorado (no el del Cañón). Al primer o segundo día de vivir allí, un día oigo: “Ahhggg! ¡¡Roaches!!”. Era Robbie que estaba en la cocina golpeando con un trapo las encimeras y al parecer el objetivo de la ira eran las cucarachas. Pero, mientras que en España, el grito hubiese sido más: Ahhg! ¡Una cucaracha¡”, en Texas era en plural, algo que me llamó la atención desde el primer momento. Fui a la cocina al instante y no pude ver nada. Las muy zorras habían escapado como por arte de magia. Más adelante tuve la ocasión de conocer más este insecto nocturno y me resultó desde el principio un animal que además de inteligente es el que mejor sabe torear a los humanos.

Una noche me levanté a beber algo y fui a la cocina. Cuando encendí la luz, vi a dos o tres “roaches” (corrupción del español cucaracha: ‘cocoroaches’, luego “cockroaches” por necesidad ortográfica inglesa), que estaban mordisqueando una miga de pan o tarta que había quedado en una encimera. No se escabulleron en el momento, sino que se quedaron mirando para mí moviendo las antenas con rapidez y, preguntándose quizás, quién era este tipo que todavía no había atacado. Yo también me quedé mirándolas y pude observar que eran unos bichos color marrón de tamaño bastante más pequeño que la cucaracha española y curiosamente menos repulsivos. Estos bichos marrones parecían más bien insectos semivoladores que en algún momento habían abandonado el campo y se habían pasado a la depredación de los humanos por considerarla más ventajosa y más divertida quizás. Después de un tiempo en que ya nos habíamos tanteado y cuando traté de arrimar el hocico para decirles “hola”, de repente, como si de rayos de luz se trataran, desaparecieron. Me llamó la atención aquella velocidad de dispersión pero tenía el presentimiento de que no se habían ido del todo y de que me estaban observando desde cualquier rendija para, una vez ido, volver a la faena del mordisqueo.

Al contrario de la cucaracha española que parece por lo general en casas viejas o deterioradas, con decrépitas instalaciones de tuberías o muchos resquicios; la roach americana invade con increíble eficacia cualquier tipo de casa o apartamento, sea nuevo a viejo. Es curiosa la habilidad que tiene para descubrir los pasadizos más secretos o los descuidos de abrir y cerrar puertas, que tiene este animal. Una vez infectada una vivienda, la guerra contra ellas se va a convertir en multitud de batallas que al final suelen ganar, o si no ganan; logran pactar una especie de tregua con los dueños. Algo así como: “Bueno, a cambio de no darles la lata mucho, si nos dejan comer algo por la noche y no nos persiguen, podremos limitarnos a salir solo en la cocina y en pequeños grupos alternativos. Cuando se encienda la luz desaparecemos y aquí no ha pasado nada. ¿OK?”  Y así uno aprende a vivir con las roaches sin obsesionarse demasiado y las desinfecciones de cualquier empresa dedicada a esto, disminuyen con el tiempo. Una desinfección profesional puede aliviar el problema por un par de semanas, pero nunca definitivamente. Lo definitivo implicaría instalaciones aislantes muy sofisticadas y no siempre es garantía de pureza.

Cuando trabajaba en la cocina del Dobbie Mall, que era un comedor universitario en el campus de la Universidad de Texas; al final del día y después de limpiar todas las encimeras, mecheros de gas, los fregaderos, los hornos, etc., era cuando empezaban a salir las condenadas. Primero se las veía mover sus antenas detrás de algún parapeto o rendija: estaban al acecho allí esperando a nuestra ida o descuido. Y ya incluso estando presentes los pinches o ayudantes ultimando cualquier cosa, salían ellas como si fueran propietarias de aquel territorio por derecho. Siempre encontraban algo que mordisquear o lamer: grasa, partículas de cualquier cosa imposible de limpiar o erradicar. Al principio me llamaba la atención que el mismo personal de cocina ya ni les hacía caso, una vez acabado el trabajo. Más tarde trabajé también part-time en unos grandes almacenes en la plantilla de mantenimiento y limpieza y cuando no había nada que hacer entraba en el almacén a colocar cosas o a leer algo y allí estaban las condenadas mirándome y circulando con desafío por encima de frascos, latas y calderos. Una vez cogí un potente spray con agua y les declaré la guerra con rabia. Fue una guerra simpática: ellas reculaban cuando las chorreaba, se escondían pero al momento salían por otro sitio siempre moviendo sus antenas con gracia y yo vuelta a chorrearlas, pero ya todo como si fuera un juego divertido donde ellas se lo pasaban en grande. Imposible. Acabé pasando de ellas.

Pero no. No era fácil. Son bichos que necesitan al humano como espejo de su existencia. No pueden pasar sin exponerse al peligro de la furia o desesperación humanas viendo su batalla perdida contra ellas. También les gusta ver al humano rendido ante la evidencia de su derrota y posterior pacto de convivencia. La abuela puede estar leyendo su biblia en la cocina aceptando la dulce compañía de unos bichitos que la observan mientras comen o lamen los minúsculos restos de comida. Las hembras llevan su depósito de huevos como una prolongación de su abdomen y echan ootecas considerables. Yo creo que todo el mundo en Texas (no sé de otros sitios pues Texas por su clima es el sitio ideal para ellas), se ha acomodado de alguna manera con este bicho. Es ya parte del inconsciente colectivo del estado y, hasta me atrevería a decir, que mucha gente ya no podría pasar sin ellas.

Recuerdo el caso más extremo de tolerancia hacia estas roaches. Era una pareja amigos de la universidad que vivía cerca de nosotros, en los Gateway Apartments, en la West 5th. Pero eran una pareja con una conciencia ecologista de tipo místico-religioso que iba además acompañado de una escrupulosa dieta micro orgánica o rayos por el estilo y un feminismo de militancia radical, de tal manera que ella cuando dejaba ver sus pantorrillas al alzar el sari indio que normalmente usaba, dejaba ver unas peludas pantorrillas que nunca afeitaba por ser un acto de conformismo opresivo y machista. La primera vez que nos invitaron a su casa fue curioso ver miles y miles de roaches pululando por aquella cocina y mesa de comedor en plena libertad de circulación y sin tener conciencia de peligro alguno ante la presencia humana. Al mostrar nuestra sorpresa ante tal situación ellos nos respondieron que respetaban la libertad de las cucarachas como un derecho a la vida y que habían aprendido a vivir con ellas sin problema. Efectivamente, allí estaban contemplándonos con cierta sorpresa, como diciendo: “Y estos ¿quiénes son? ¿No nos los van a presentar?”

Podría hablar más de estos bichos, pero dicen que ahora con el cambio climático ya se están empezando a habituar a Europa, así que pronto tendremos que conocer nuevos inquilinos-inmigrantes americanos que nos van a enseñar a cómo llegar a un pacto de caballeros para la mutua convivencia de los humanos con los insectos.

1 comentario:

  1. Vicente Verdú, ya en los 90, en uno de sus ensayos,"El planeta americano", previene a los europeos y resto del mundo acerca del peligro que supone la progresiva y, casi irremediable, americanización del mundo.
    Contempla aspectos muy diversos: desde la política, la sociedad, la economía...
    Apoyando su tesis, también parece que los ríos sufren esta tendencia. Así, los cangrejos que ahora pueblan los ríos castellanos, aragoneses... son, en muchas ocasiones, de una variedad americana,más grandes, con menos sabor que los autóctonos y de una gran voracidad. Algo similar he oído de las truchas.
    Lo de las cucarachas ya me da qué pensar. ¡Van a tener razón los americanos y, en su proyecto, La Providencia está con ellos hasta en los más minúsculos seres!
    Aalmor

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