Buscar este blog

miércoles, 7 de marzo de 2012

JOY QUIERE CREER EN DIOS

(continuación del anterior relato)
Salimos de la casa del oasis. Nos despedimos efusivamente. Vuelta a la carretera. Ya era de noche. Necesitábamos llegar a un motel en el pueblo más cercano que estaba a unas cuarenta millas. Pero teníamos los dos la sensación de estar viviendo en un extraño tiempo entre paréntesis donde podía suceder cualquier cosa inesperada. Como si de repente tomásemos otro plano de realidad bajo otras coordenadas y entonces todo quedaba barnizado de rareza. La rareza de un cielo estrellado inmerso en un silencio absoluto. La paz del silencio. La luz que rompe la oscuridad absoluta de forma triunfante y dramática al mismo tiempo. Somos conscientes del ruido del motor del coche y el rozamiento de los neumáticos sobre el asfalto y el haz de luz sobre la carretera. Somos conscientes de que todo ello podría ir disminuyendo en el tiempo hasta rozar la quietud absoluta. La absoluta quietud sin conexión alguna con el pasado o el futuro. Cristalizados. Paz absoluta. Pero pasa el tiempo y vemos al fondo las luces de un pueblo. Pronto hay una gasolinera. Paramos. Yo me bajo a echar gasolina.

Cuando vuelvo al coche Joy me cuenta su observación.

—Es extraño, Jack. Cuando te bajabas del coche tuve el presentimiento de que no eran solo mis ojos quienes te contemplaban echando gasolina. Yo te podía ver desde mi punto de vista, desde mi ángulo de vista; desde mi dimensión; pero hay infinitos puntos de vista y ángulos de vista y dimensiones desde donde se te hubiera podido ver también. Tiene que haber infinitos ojos o infinitas conciencias que nos estén contemplando desde sus respectivas dimensiones. Y a su vez esas infinitas conciencias también han de ser contemplados por otros ojos y todo en un ad infinitum de infinita extensión.

—¿Es esa la manera como me quieres explicar que Dios existe? Toda una progresión infinita de posibilidades conscientes. Extraño mundo el tuyo, Joy. Confórmate con haber visto a un tipo como yo echando gasolina. Esa es la cruda y simple experiencia. Todo lo demás son fantasías, juegos de la imaginación. Pero podría ser. Porqué no. La posibilidad de que así sea la podemos concebir. Pero hay tantas cosas absurdas que podemos concebir. Hay un motel a dos millas me ha dicho el empleado.

Vuelta a arrancar el coche, pero nos invade una profunda tristeza. Una sensación de que podríamos estar viviendo una locura sin sentido.

—Al Sr. Williams lo salvó su fe—, rompió el silencio Joy, —Creo que si no hubiera sido por la fe se hubiera suicidado. Había algo en él cuando contaba lo del accidente de sus hijos que delataba un haber llegado a tocar fondo en la vida. Ella sin embargo me parece una mujer fuerte y pragmática; de esas personas que encaran las cosas sin necesidad de pensar mucho en su sentido. Quizás habría que vivir así: encarando las cosas sin investigar aquello de lo que nunca tendremos garantía de descubrir. Vivir la vida como se nos presenta.

—Pues ya sabes. El motel está allí. Hay que reservar habitación, coger las mochilas. Pagar. Todo muy sencillo. Nada de complicaciones. ¿Por qué nos sobrevienen estas extrañas sensaciones? —En ese momento frené el coche y nos quedamos parados pensando.

 —Jack ¿sabes una cosa? Creer en Dios tiene que ser algo muy sencillo. Una especie de milagro que te acontece y lo aceptas. Una sensación de ser objeto de en una infinita mirada benevolente que en un momento dado te puede cristalizar en una paz infinita y absoluta. ¡Freeze! Creer en Dios ha de ser un absoluto de absoluta seguridad.

—Bueno. Bueno. Bueno. Joy. Vamos a recepción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario