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lunes, 11 de marzo de 2013

EL RETORNO DE PESKIN "HAMMER" RODABALLO

Llegaba al poblado terriblemente cansado, pero ya a lo lejos percibió el descanso. Su fiel mula Nashka también comprendió que el viaje llegaba a su fin y sacó fuerzas de flaqueza. El poblado estaba anclado a la falda de una suave colina mirando al valle del Pecos. Desde allí se podía contemplar el desierto millas y millas a la redonda. Un desierto cubierto de mesquitales y rocas quebradas que parecía agotarse en un horizonte de lenta muerte.

Peskin “Hammer”Rodaballo volvía a su antiguo poblado viejo y cansado. A lomos de la mula llevaba como equipaje una oscura maleta de cuero cuarteado. Allí llevaba sus dos mudas, una pistola, su dentadura postiza de repuesto y la Biblia que había heredado de su padre Gantri Rodaballo Doe; que anteriormente había también heredado de su abuelo el predicador medio loco de Grandfalls, Pito Rodaballo.

Peskin había viajado por medio mundo y conocido gentes de toda clase y sustancia. La sustancia humana le sabía amarga. De todas las personas que recordaba tan solo dos habían calado en su corazón y memoria. Dos personas buenas que habían sabido comprenderle aun en los momentos más duros y tristes cuando el mundo parecía haberse transformado en un valle de hielo poblado de alimañas hambrientas. Y sin embargo Julie Klein supo comprenderle y devolverle la vida cuando parecía que todo estaba perdido en la ciudad de Zurich. Muerta ella todavía joven, Marie Lesselle fue la nueva mujer que se arriesgó a compartir su indefinida vida a través de Francia e Inglaterra. De aquella familia habían nacido dos hermosos niños que pronto se hicieron hombres para luego separarse y vivir en países diferentes. Por lo demás solo le quedaba la estela amarga de nunca haber podido comprender a las personas, ni tan siquiera a sí mismo. En aquellos países lejanos recordaba su pasado como una pesadilla de noches tristes bajo el cielo del horizonte del desierto de su infancia allá en el desierto texano. Eran sueños como los sueños de un coyote aullando bajo la luz de una luna llena y azotado por el viento frío de la noche abierta al infinito.

Ahora volvía a ser Peskin “Hammer” Rodaballo cruzando las llanuras de Llano Estacado a lomos de su fiel animal por quien sentía verdadera ternura. Vuelta a casa en las orillas del noble Río Pecos con sus verdes aguas mansas serpenteando el desierto. Viejo y cansado el viejo Peskin retorna a su poblado. Vuelta a casa y a las entrañas de su linaje y saga.

A medida que Peskin “Hammer” Rodaballo cruzaba el Río Pecos por el vado de Los Cañales, se oyó una fuerte balacera en el poblado. Peskin ya no era capaz de percibir miedo alguno y salió del río con su fiel Nashka alegre al refrescarse. Luego comenzó a subir la cuesta del poblado. Y entonces oyó que alguien le habalaba:
“He bato, dónde la chingada va usted con esa maleta tan charrusquiada” le dijeron en español, mejor dicho le gritaron.
“Ándele, pero si parece un pendejo bolillo el cuate este”, dijo otra voz.
“Oiga, ahorita dese la vuelta, pos no le aconsejo que siga. Va a ver cosas feas y no querrá usted pintar un cuadro de fiambres, je, je” le dijo otro.

Peskin miró hacia arriba y vio tres rifles apuntándolo desde encima de una loma que daba al camino de subida.

Sin decir nada siguió subiendo. Aquello era su poblado, sus entrañas naturales; todo lo que le quedaba de vida.

Dos balas silbaron cerca de sus orejas y la tercera hizo caer a su mula. Fue en ese momento cuando fue descubriendo lo que había más allá del horizonte del desierto. Sintió un golpe seco y enseguida se sintió volando entre el silencio de unas nubes de algodón que nunca dejaban de estirarse hasta arrojarle a un infinito océano estrellado.

3 comentarios:

  1. Quizá fue mejor así. No le esperaba una jubilación nada halagüeña. Viejo y cansado. Sin pensión, sin asistencia sanitaria adecuada... Tendría que arrastrarse por las aceras pidiendo limosna, con sol o con frío, para llevarse algo a la boca. Y cuando le doliera algo o se sintiera mal, tendría que acurrucarse en su rincón y aguantar, con los bichos corriéndole por encima de sus harapos hediondos, y ni siquiera un trago de agua limpia que llevarse a la boca... Quizá fue mejor que ocurriera así.

    El Posaeru

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  2. Le pasaría igual que a Pedro Moralejo. Pasó malos tragos, hasta un cáncer. Pero lo superó todo, y llegó a jubilarse con bastante buena salud y una paga que le permitía vivir. Se alimentaba sanamente y se cuidaba, leía mucho, hacía ejercicio, consistente en largos paseos por los selváticos senderos de los amenos montes de la comarca. Gozaba de buena salud y siempre tenía buen humor. Tenía un hijo pequeño al que idolatraba, del cual parecía un abuelo bonachón más que un padre: "Tengo que durarle a éste", solía decir. Pero un buen día todo entró en barrena. A un achaque sucedía otro, quedó inmovilizado, diabético, con un humor de perros. Se quedó en una silla en un rincón, como un viejo cascarrabias, lleno de dolores y de achaques hasta que murió.

    El Posaeru

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  3. Un día Pedro Moralejo murió y todo quedó en la siguiente ecuación:(Cosmos)- (Pedro Moralejo)= X

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