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jueves, 13 de junio de 2013

ALGO ESTABA PASANDO EN MI CIUDAD


Me tuve que levantar de nuevo a las tres de la mañana pues mi vecino daba gemidos como de animal
atrapado en un cepo. Era un vecino raro, extraño; apenas se dejaba ver y cuando parecía que ya podía ver su cara, pues era como si no tuviera cara y en su lugar había una jeta peluda baboseante y esto me daba un no sé qué porque no es normal ver una jeta así en una supuesta persona. Digo supuesta persona porque otra vez al meterse en el ascensor pude ver que sus zapatos eran muy grandes y que dentro casi le reventaban los pies, pero en realidad no eran pies, eran algo así como enormes bultos sin forma precisa que dejaban un olor a orina de sapo. Sin embargo ese vecino mío siempre llevaba libros enormes para leer que solía llevar bajo el brazo y parecían libros muy complicados, de temas muy difíciles; de filosofías extrañas jamás nombradas; de matemáticas con signos totalmente desconocidos y fórmulas que producían vértigo. Mi vecino leía y yo soy una persona que respeta mucho a las personas que leen.

Pero aquella noche era la segunda noche que mi vecino gemía como una bestia desconsolada; una bestia torturada por algún cepo o alguna trampa con clavos o pinchos pues sus gemidos eran de sufrimiento puro en su esencia y mi vecino era la persona, perdón, el ente más adecuado para expresar sufrimientos tan horribles. Yo no podía dormir y estuve tentado a subir y preguntarle si podía hacer algo por él. Pero al cabo de veinte minutos muy largos se fue apaciguando y pronto oí sus ronquidos estertores que de un modo paulatino acabaron en un simple respirar, pero de un respirar inquietante; un respirar enfermizo, quizás un respirar agónico. Al día siguiente mi vecino se levantó pronto. Creo que eran las seis de la mañana. Se metió en la bañera y comenzó a chapotear como si fuera una alimaña destripando conejos o gatos. Luego se puso a afeitar la jeta y el sonido era como un raspar sobre piel escamada, quizás piel de reptil. Me tuve que levantar porque no podía soportarlo y muerto de sueño me hice un café. Afuera llovía y hacía un frío desolador. No había nadie por la calle, pero la ciudad se iba quedando poco a poco sin habitantes aunque ya habían hablado de repoblarla con gente, con nuevos inmigrantes de otras tierras lejanas. Las fábricas se quedaban vacías por no tener obreros ni técnicos capaces de sostenerlas. Los enormes centros comerciales se quedaban medio vacíos y los inmensos espacios se tornaban lúgubres.

Me puse entonces a manejar mi frío ordenador y la pantalla parecía transformarse en un túnel absorbente
como una ventosa y una vez dentro del túnel veías todos tus datos y los datos de tus antepasados milenarios y tu banco genético y tu ADN en tres dimensiones; y tus pensamientos todos proyectados en forma de
imágenes delirantes. Entonces tres personajes vestidos de gris y con corbatas y sentados en una mesa ordinaria decían y repetían que tú eras culpable de todo tipo de subversión y que ya en tu código genético estaba escrita tu blasfema culpabilidad. Decidí entonces apagar mi ordenador y salir a dar un paseo matutino bajo el frío y la lluvia perenne. Al coger el ascensor allí estaba mi vecino. Miré bien su jeta, perdón su rostro, y sonrió con una boca muy grande, una boca enorme; una boca que no era humana; una boca de reptil o de sapo o de lagarto. ¡¡Todo menos una boca humana!! Luego vi que tenía ojos, pero estaban ocultados por unas gafas tremendamente gruesas que los empequeñecía hasta el infinito. Todo lo demás estaba cubierto por una gabardina llena de manchas grasientas y coágulos de sangre ya rancia. Me dijo entonces con voz trémula que se iba a trabajar; pues era profesor de la universidad de Gbtrwer y que su materia era filosofía cósmica.

Llegamos al portal y allí nos despedimos. Algo estaba pasando en mi ciudad. Algo extraño.

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