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domingo, 20 de abril de 2014

EL HOMÍNIDO CHARBOT Y LAS SEÑORAS

Ya viene el homínido Charbot con su termo de café agarrado por el asa con la mano izquierda, pues en la derecha lleva el maletín de trabajo. Va trajeado. Es alto, delgado y cara morena también delgada. Su tonalidad general podemos decir que es agradable. Un hombre agradable; un homínido bien evolucionado. Su cuerpo animal va perfectamente cubierto de acuerdo a las normas de la civilización occidental. Es un buen traje el que lo cubre y el traje es azul. Siempre usa trajes de color azul oscuro. Raudo y disciplinado, impecablemente puntual se mete en la oficina de personal, pues es el Jefe de Personal de la empresa. ¿La empresa? Sí. Es una empresa de ventas al por menor en un centro comercial de Texas. De una ciudad de Texas. De una agradable ciudad de Texas que no corresponde a ninguna ciudad concreta. Me he impuesto a mí mismo inventarme una ciudad en Texas. Vamos a llamar la empresa Twinkle, Twinkle. Sí, así como suena: TWINKLE, TWINKLE.

Y el homínido Charbot ya está sentado en tras la mesa de despacho con sus papeles y llamadas de teléfono y entrevistas pendientes y primeros sorbos de café del termo que echa a una mug, o taza decorada con los colores del equipo local de fútbol y el nombre con su animal totémico. Mr. Charbot es un hombre muy activo, muy dinámico; aparentemente agradable, pero es una amabilidad que encubre una esencia de rigidez y seriedad que se descubre al poco tiempo de tratar con él. Es un hombre de trabajo duro y disciplinado, pero siempre sonriente; siempre amable con sus dos empleadas que habitan un par de mesas en la zona abierta al público y a la que se entra a través de unas puertas batientes. Las dos empleadas son dos mujeres de mediana edad. Una es morena y bien proporcionada de cuerpo; digamos que algo rellenita, pero de carnes tersas y bien distribuidas por un cuerpo que sigue siendo goloso para los hombres que la contemplan. Una madurez bien llevada; una madurez sexy de mujer de gestos bondadosos y personalidad ya centrada. Al menos eso es lo que uno se puede figurar. Digamos que nos gusta esa mujer por todo lo que ella es. Cuando te atiende se puede ver que es una buena mujer en todos los sentidos. Hay este tipo de personas, o de homínidos, que son buenos, equilibrados; que dan buenas vibraciones desde el principio. 
Pero no se puede decir lo mismo de la otra mujer. Es rubia, delgada; de piernas ya gastadas y algo desordenadas al andar. Se trasluce tras sus pantalones oscuros unas piernas cansadas de la vida. Unas piernas que ya han dado de sí todo lo que han podido y que ahora se resignan a entrar en mayoría de edad. Caminan tales piernas como si les diera igual todo. Si pudieran hablar dirían: “Nos da igual todo, folks”. Así que son piernas que ya hace mucho han dejado de pretender llamar la atención de ningún macho. Son piernas simplemente utilitarias; de transporte que llevan de un
sitio a otro y mientras funcionen bien pues démonos por contentos. Pero esta señora rubia tiene un algo que parece estar siempre a la defensiva. No es que sea huraña al público o a sus compañeros de coffee break o a sus hijos. No. No lo es. Pero hay un trasfondo de miedo e inseguridad que lo trasmite a cualquiera que la trate más allá de los minutos preliminares de protocolo burocrático. Hay un miedo que se trasmite a través de gestos que piden comprensión a toda costa, pero que no logra darse a entender de forma clara. No, no es que sea mala profesional. Yo diría que es buena profesional. Impecable. Pero es ese gesto facial, ese movimiento de nerviosismo involuntario; esa forma de hablar que sabes que hay un algo en el trasfondo de la señora que pide ser calmado, comprendido; que necesita abertura, aire fresco; help; un help ya resignado. Dejémoslo ahí por ahora.

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miércoles, 19 de marzo de 2014

ES VERDAD QUE ESTAMOS EN GUERRA

Estaba tomando un vaso de vino. El señor que estaba a mi lado me dijo que la televisión estaba muy alta. Yo le dije que no me importaba. El señor le dijo a la camarera que la televisión estaba muy alta. La camarera bajó el sonido de la televisión. Yo seguí bebiendo mi vaso de vino. Afuera había una pandilla de chavales pegándose. No sé por qué se pegaban, pero se daban muy fuerte. Tampoco me importaba. Tan sólo me importaba beber mi vino. Una señora que estaba sentada leyendo el periódico y tomando un café comenzó a gritar algo así como “Viva la puñeta”. Presté más
atención y efectivamente estaba gritando: “Viva la puñeta”. Yo seguía bebiendo mi vaso de vino y de vez en cuando comía unos cacahuetes. En la televisión había dos payasos riéndose de alguien. No distinguía bien de qué se reían. Los chavales afuera seguían pegándose de lo lindo. La gente los miraba. Había quien estaba apostando por quien quedaría en pie. El dueño del bar apareció detrás del mostrador muy enfadado y pegó un puñetazo sobre el mismo que hizo saltar mi vaso de vino. Yo me quedé mirándole con cara memo. No entendía por qué ese señor estaba tan enfadado. Tampoco parecía que lo iba a decir. Suerte que en la mesa del fondo alguien se puso a tocar la guitarra.
Fue en ese momento cuando nos anunciaron la llegada de un comando militar. El comando tomó el bar y nos amenazaron con fusiles ametralladores de último modelo. Querían saber dónde estaba el espía. Yo seguía tomando mi vaso de vino y crují un cacahuete. El teniente de aquel comando se acercó a mí y se me quedó mirando. Yo también me quedé mirándole. ¡Jodalpito! Era Mandrinágoras de Pergaminos mi vecino de puerta cuando vivía en el barrio de Justamares. Hola, me dijo Hola dos veces y se abrazó a mí. No comprendía lo que estaba pasando. Yo le dije que qué tal estaba y que hacía mucho tiempo que no le veía pero que me alegraba de verle, aunque nunca había sabido que era militar de graduación. Luego se puso serio y me preguntó: “¿No serás tú el espía, verdad?” Yo le dije que of course no y que no sospechaba que hubiera un espía en el bar. Ese era un bar de barrio y la gente era más bien currante. Gente sencilla de barrio que venía al bar a tomar una cerveza y ver un partido de fútbol. Le invité a tomar un vino, pero me dijo que no, que estaba de servicio para la Patria. Y dicho esto el comando se fue con su teniente y sus fusiles ametralladores. Afuera seguían los chavales dándose puñetazos y varios vecinos seguían apostando a ver quién habría de ganar.
Por fin acabé mi vaso de vino y salí del bar. Pero antes de abrir la puerta el dueño del bar me cogió y me espetó su cara sudada contra la mía. El aliento que despedía era atroz. Me dijo que ya sabía quién era yo y que si seguía teniendo las ideas equivocadas, él se encargaría de ponérmelas en su justo sitio. Yo le dije que tenía prisa y que gracias por el excelente vaso de vino que me habían servido en su bar y que ya había pagado con antelación. Entonces me dijo que perdonara que él llevaba tiempo confundiendo a las personas y que quizás me había tomado por otro al que odiaba con mucha gana. Yo le respondí que era nuevo en el barrio pero que ya había tomado más vasos de vino en su bar y que tenía que conocerme. Ah, sí, dijo él golpeándose la cabeza tres veces. Es usted. ¿Le dije alguna vez que mi mujer trabaja para los servicios secretos de nuestro país enemigo? Pues no, le dije yo. Pues ahora ya lo sabe. Me dijo él. Bueno, pues ya lo sé, muchas gracias por informarme, dije yo.
Salí del bar y me fui para casa. Los chavales seguían dándose de lo lindo. Una señora estaba meando cerca de un portal. A lo lejos se oían tiros, disparos, ráfagas. Me di cuenta que estábamos en guerra contra algún país y que nos invadían por todas partes. Pero la verdad, estaba muy cansado y me fui a casa a leer y a dormir. Mañana sería otro día.

lunes, 3 de febrero de 2014

ESTE EXTRAÑO MUNDO

Abrí la puerta de casa y me enfrenté a las escaleras metálicas exteriores que subían a los primeros pisos de aquel bloque de cuatro apartamentos. Subiendo las escaleras se podía
llegar al apartamento de Ken y su china Nyo-Lu. Ken era un pedazo de hombre de 1, 90 m y su mujer era pequeñita y redondita. Ken era hijo de un granjero de Montana de origen sueco y ella era hija de unos comerciantes de Hong-Kong. Ken estaba haciendo su doctorado en ingeniería química y ella en biblioteconomía. Años más tarde ellos se irían a vivir a Washington y nosotros también acabamos en Washington por circunstancias de la vida. La última vez que estuvimos con ellos fue en el año 1997. Llegamos en avión al Dulles International Airport desde Madrid. Nyo-Lu nos esperaba en la sala de llegadas. Pronto alquilamos un coche y seguimos el coche de Nyo hasta llegar a su casa adosada de Fairfax. Allí estaban su hija Elsa la mayor y la pequeña Ruth. Jim había hecho la cena. La casa estaba llena de adornos variados, entre ellos pequeñas figurillas de porcelana sobre mil motivos.

En el CD sonaba un blues y Ken me ofreció una cerveza. Vimos un mapa de China adosado a la pared con algunas zonas marcadas con rotuladores. En algún momento de la comida pregunté qué eran aquellas zonas marcadas en el mapa. Nyo me respondió que eran zonas de misiones católicas. Quizás fue ahí cuando nos explicaron la conversión de Ken al catolicismo. Nyo-Lu ya era fuertemente católica cuando conoció a Ken; de hecho se había educado en un colegio de monjas de Hong-Kong. Ken era más bien agnóstico aunque de niño había sido educado en la iglesia luterana. Recuerdo años atrás cómo Ken, mientras
tomábamos cerveza en su apartamento de Springfield, se mostraba indiferente a las muestras de religiosidad de su mujer. A veces bromeaba con la fe religiosa en general y se lo pasaba bien con los escándalos de los tele-evangelistas Jimmy Baker y Jimmy Swaggart. Pero esta vez ya no era así: Ken se declaraba abiertamente católico y su sentir religioso era profundamente serio. Todo había sucedido de la siguiente manera:

Dos o tres años atrás habían hecho una visita a Miami y en una zona de Miami había un edificio de banco cuya fachada estaba cubierta de cristal oscuro. En algunos momentos del día se podía ver reflejada una cara que mucha gente creía era la cara de Jesús y por tanto aquella fachada de banco se había convertido en un sitio de peregrinación. Ken y Nyo-Lu fueron a ver dicho sitio y algo fuerte tuvo que pasar para que a partir de ese momento Ken se hiciera un católico ferviente y sincero. Experimentó una epifanía y posterior conversión. Así nos lo explicaban mientras cenábamos y el mapa de China dejaba ver sus zonas misioneras católicas.

EL PARAISO PERDIDO

Despiertas. Ves la habitación todavía bajo los efectos del último sueño que has tenido. Por unos instantes la realidad se percibe como cuando uno era niño. La luz del sol entra a raudales por la cristalera y hace que todos los objetos aparezcan con intensa alegría. Miró hacia fuera y veo los árboles en su misma frescura e
inocencia. Las ardillas saltan de un lado a otro. Una de ellas se para y mira hacia donde estoy. ¿Qué verá esa ardilla? ¿Cómo me verá esa ardilla? El cielo está azul. La hierba está todavía cubierta por el rocío. No tengo prisa para nada; y, por tanto me quedo sentado en el sofá relajado. Han sido momentos de pura inmanencia en la vida. Y cuando la vida se vive en esa pura inmanencia todo se ve como una fresca inocencia. Pero un simple darse cuenta de situación de excepcionalidad que se vive destruye la inmanencia y nos adentramos en el mundo de las preocupaciones. Tengo pendiente un trabajo para la clase de sociología. Hay que limpiar la casa. El coche tiene una avería que hay reparar. R. me recuerda que sus padres vienen a visitarnos el jueves. Me levanto del sofá y me doy cuenta que hay que ducharse y vestirse. Todas esas preocupaciones son también la inmediatez de la vida, pero con una diferencia: actuamos siendo conscientes de que actuamos. El reino de la inocencia y la nobleza desaparece para dar entrada al mundo que te obliga a vivir y a sentir lo que vives. La existencia es como una deuda permanente que has de ir pagando hasta la muerte. Nos está prohibido vivir en el paraíso de la pura inmanencia. Somos seres caídos que a veces, como pequeños fogonazos, vislumbramos la posibilidad de la inocencia y la nobleza.

miércoles, 29 de enero de 2014

UNA RATA ATRAPADA EN UNA ESFERA

Ser humano no es rentable. Demasiados problemas y conflictos. Algo así como ser esclavo para toda la vida. Esclavo de la existencia. Casi nada. Un alma equilibrada jamás invertiría en ser humano. Muchas almas fueron forzadas a ser humanas y existir. Otras simplemente viven como humanos sin cuestionarse nada sobre su modo de ser, pero están ahí por razones que ellos no entenderían jamás. Mantener el tipo. Mantener el
ser. Ingrata tarea. Algunos dicen que no hay Dios. Otros dicen que sí. Hombre, si hay leyes físicas y constantes universales, eso quiere decir que hay una inteligencia por ahí. Alguien o algo que ha puesto a funcionar este universo con sus leyes. Pero vaya usted a saber quién es ese algo o alguien. No parece muy preocupado por el sufrimiento en esta tierra. Quizás hasta sea un experimento sin alma. Un experimento frío y matemático con estas criaturas humanas. Ya no sabe uno qué pensar. Todo esto es muy raro y se nos han dado claves insolubles. Se siente uno como una rata atrapada en una esfera de superficie infinitamente absurda. Todo es posible hasta que te das cuenta que hay un espacio en algún sitio de tu cerebro que aspira a la inocencia y a la nobleza. Mantente en ese espacio porque es por ahí donde puede haber una salida. Sé fanático con esa visión de inocencia y nobleza. Agarrate a ella. Vívela hazla tuya. Márcala con símbolos. Esa es la Puerta.

viernes, 17 de enero de 2014

SI ALGÚN DÍA CRUZAS OKLAHOMA, JAMÁS OLVIDARÁS SUS LLANURAS

Visité Oklahoma por primera vez en junio del año 1979. Fue un viaje que hice solo desde Austin, Texas, hasta Fayetteville, Arkansas. Crucé el Red River y me metí de lleno en territorio de Oklahoma. Tenía puesta música de Pink Floyd en el radio-cassette y me sentía flotando en medio de aquellas grandes llanuras
inmerso en los acordes de The Other Side of the Moon. Había cogido la 69 Norte y cruzaba pueblos polvorientos y solitarios, ranchos que se perdían en horizontes lejanos. Atravesaba lagos y grandes reservas de agua que se nutrían del Canadian River. Al llegar a Muskogee cogí la 69 Este en dirección al norte de Arkansas. Crucé al imponente Arkansas River y luego fue un lento y agradable internarse en praderas, bosques y suaves colinas. Abrí las ventanillas del coche para que soplara la templada brisa de la primavera tardía y pronto llegaba a Tahlequah, la capital oficial de la nación Cherokee desde 1839. Me llamaban la atención los letreros en grafía Cherokee e incluso las señales de tráfico. Paré por un momento a tomar un café en este pueblo de 16,000 habitantes, sede de la Northeastern State University y pude ver a familias indias cenando en el gran comedor del Hungry House café de la Muskogee Avenue. Luego seguí ya derecho hasta Fayetteville donde me esperaban mis amigos Dorla y Steve. Pero la ruta 69 se volvió especialmente bucólica en ese tramo donde ya comienzan a aparecer las leves estribaciones de los Ozarks. Había casitas-rancho con sus cercas entrecruzadas de madera pintada en blanco y los prados ya verdes y una congregación de los nazarenos hacía su culto todos sentados afuera en el jardín de la iglesia con sus biblias, cantando himnos. Llegué a Fayetteville ya de noche. Robbie llegaba un día más tarde por avión una vez acabadas las clases del semestre.

Un día Dorla y Steve nos llevaron a ver Tulsa (1,000,000 h. en toda su extensión), la gran ciudad del noroeste de Oklahoma. Era una ciudad preciosa, con muchos parques y jardines verdes. Se respiraba un alto nivel de vida, por lo menos en apariencia. Se sentía una sensación de vivir en una especie de realidad encapsulada en grandes coches climatizados que se deslizaban sin apenas sentir ruido de motor alguno. Todo limpio e higiénico. Y en Tulsa lo que más me sorprendió fue la famosa Oral Roberts University; una universidad de arquitectura futurista construida por el famoso predicador pentecostal, Oral Roberts, de la Pentecostal Holiness Church y más tarde de la United Methodist Churh; pionero del televangelismo y un
hombre de gran carisma en el protestantismo americano. El campus de la universidad ocupa un buena parte del sur de la ciudad y acoge a 3,500 estudiantes. Antes de matricularse han de prometer abstenerse de alcohol, lenguaje blasfemo, sexo prematrimonial o cualquier acto sexual ilícito, drogas y someterse a un código de vestimenta bastante estricto. La universidad goza no sólo de una buena reputación académica en los EEUU, sino también está entre las 125 mejores del mundo. Tulsa, antigua ciudad del petróleo, está cruzada por el Arkansas River y hoy día sigue gozando de un nivel financiero y económico envidiable.

Mi último viaje a Oklahoma fue en 1985. Robbie y yo en un viaje cross-country a través de USA entramos en Oklahoma después de cruzar el Texas Panhandle o el territorio en forma de mango cuadrado que destaca en los mapas del estado. Cruzamos grandes ranchos cubiertos de miles y miles de cabezas de ganado que despedían un olor un tanto nauseabundo alo largo de la carretera en dirección Wichita, Kansas. Nada que destacar en aquel último viaje. De nuevo era perderse por las llanuras y atravesar ocasionalmente alguna reserva india.

lunes, 6 de enero de 2014

UNCLE VITAL

Cuando nació mi tío Vital Harry Truman era presidente de los Estados Unidos y la Guerra de Corea comenzaba en el Pacífico, pero en España gobernaba el Generalísimo Franco y cuando él iba a la escuela tenían que cantar los himnos del Movimiento Nacional levantando el brazo derecho y haciendo el saludo
fascista. Y cuando llegaba el recreo salían al patio de piedras incrustadas de la Escuela Municipal de Sama de Langreo, en la húmeda y verde Asturias; y llevaban su propio vaso para que se lo llenaran de leche en polvo disuelta en agua y luego les entregaban un trozo de queso amarillo que era la ayuda del Plan Marshall americano a Europa y que también llegaba a las escuelas públicas de la oscura España de Franco. En Sama vivió hasta los seis años y mi tío recuerda que su casa era una casa muy pobre, casi parecida a una cueva que hacía de sótano de otra casa grande, y el pasillo entre la cocina y la única habitación en que dormía la familia pues se abría al cielo sin ningún tejado y entonces para pasar a la cocina a desayunar pues la lluvia o el frío cortante del invierno solía saludales por la mañana temprano. La habitación “familiar” tenía como vecino de pared la cuadra de un mulo que de noche no dejaba de cocear o de bramar.

Un recuerdo temprano de aquella casa y de aquellos años fue la persecución y acoso que hizo su padre a una rata enorme que solía merodear por el pasillo y amenazaba entrar en la cocina o habitación; pero aquel día la rata no pudo escapar y se metió en un agujero bajo el pilón que hacía de lavabo y lavadero a un extremo del pasillo. Entonces su padre prendió fuego a un rollo de papeles de periódico y lo metió por el agujero y la rata daba unos chillidos espeluznantes que todavía hoy día, después de 60 años mi tío dice que puede oír. En Sama de Langreo pasaron muchas cosas más. En la escuela el maestro les decía que había que traer leña para la estufa, pero para muchos era muy difícil subir al monte a por leña, así que aquellos que vivían en una casería traían la leña y el maestro los sentaba al lado de la estufa mientras los demás pasában frío alejados del fuego. También le llevaban varas para golpearles y solía estrenarlas dándoles varicazos en las piernas o en las manos por no memorizar bien la tabla de multiplicar o el catecismo.

En el año 1957 su familia fue a vivir a Madrid y allí fue otro mundo para él. Para empezar casi todos los días hacía sol y las montañas quedaban muy lejos. Un día iba en el tranvía mirando las vías por la ventanilla trasera y de repente se dio cuenta que se le iba la cabeza. Tenía casi 40 de fiebre y cuando llegó a casa entró en la cama y no salió de ella en casi 20 días. Su hermano mayor y él habían contraído la famosa gripe asiática y recuerda mi tío que cuando se les levantaba de la cama caía de pura debilidad. Día tras día con fiebre de entre 38 a casi 40 grados. Pero la infancia de Madrid la recuerda con gana porque en la Colonia donde vivían eran muchos críos con muchas ganas de jugar y jugaban al robaterrenos y al gua y al rescate y al escondite y al burro. A veces declaraban la guerra al barrio de El Negro que era un barrio no muy lejos de la Colonia donde vivía gente muy pobre y ellos venían con pértigas para invadir la Colonía que por ser propiedad privada tenía una valla que la rodeaba como si fuera una muralla medieval. Así que no podían invadirles y les tiraban piedras y aquello era una verdadera batalla campal donde tenían que intervenir los mayores para evitar daños reales. También en Madrid tuvo de profesor y director de colegio a un señor muy pequeño de estatura que se llamaba D. Francisco. Cuando Don Francisco estaba de malas solía hacer una rueda de tortas o de golpes en las manos con un palo. Entonces toda la clase desfilaba ante la diminuta figura del profesor y cada uno recibía un par de bofetones en la cara o recios palos en la palma de la mano.

Un día Don Francisco dejó a un alumno de vigilante mientras él se ausentaba por unos minutos. Aquel
alumno iba apuntando a los que hablaban en el encerado y mi tío Vital parecía ser uno de ellos. Así que ni raudo ni perezoso cogió una pelotilla y se la tiró, pero con tan mala suerte que fue a caer en el mismo cuadro de Franco que presidía la clase y quedo allí pegada. Cuando volvió Don Francisco lo primero que vio fue la pelotilla allí pegada como una mueca de burla a la majestuosa figura del Caudillo. Don Francisco entonces se puso pálido de ira contenida y con una gravedad estremecedora y amenazas contra toda la clase pidió que saliera el culpable de aquella ofensa. Mi tío entonces, para evitar un castigo colectivo, se levantó y dijo que era él quien había tirado la pelotilla. Recuerda que de la primera bofetada cayó al suelo; luego Don Francisco lo levantó y siguió pegándole hasta que le saltó la sangre por las narices. Dice que estaba aturdido y en medio de un paroxismo que no sabía descifrar ni comprender. No sabía que aquella pelotilla podía llegar a ser tan grave y tan sacrílego. Estuvo dos semanas castigado hasta las siete todos los días. Tenía 10 años y estaba en 1º de bachiller.

En el año 1962 volvió su familia a Asturias a un pueblo minero llamado Lieres. No le gustó volver a un pueblo después de vivir en la capital, pero su padre había encontrado un trabajo que le gustaba. Lo que recuerda de Lieres fue que un día la profesora de ciencias les mandó traer minerales a clase. Mi tío entonces preparó parte de la colección de minerales en una caja de zapatos y se fui a la cama contento porque al día siguiente iba a poder lucirse con sus compañeros con su buena colección. Pero he aquí que cuando la profesora iba pidiendo las muestras de minerales a cada uno y llega el turno de mi tío, se encuentra que cuando abre la caja hay un par de zapatillas viejas y malolientes en lugar de los minerales. No podía creerlo. Casi se desmaya. Su hermano mayor le había gastado una broma demasiado pesada.

En el año 1964 fueron a vivir a Gijón y en septiembre empezó a trabajar con 14 años en una fábrica de cera y betún ganando 25 pesetas a la semana. Hacía los recados y recorría Gijón en bici y dice que se lo pasaba muy bien. También pedaleaba un triciclo con una caja de carga delantera donde llevaba los barriles de cera a facturar a las empresas de transporte. Más tarde trabajó en una imprenta donde le echaron porque su horario de estudios nocturnos se interfería alguna tarde con el horario del taller. Así que empezó a trabajar en un taller de fabricación de piezas de goma y allí tuvo su primera experiencia “sindical”. Recuerda que había descontento en el taller entre los aprendices de su edad porque el negocio prosperaba y ellos seguían ganando lo mismo de siempre, o sea, cuatro perras. Entonces un día se reunieron en una cafetería y
decidieron que al día siguiente irían todos a hablar con el jefe y pedirle un aumento de sueldo. Cuando llegó el día y la hora se hicieron señas y mi tío salió de su puesto de trabajo y fue derecho a la oficina, pero al caminar se dio cuenta que los demás se cagaban de miedo y no le estaban siguiendo. Él continuó hasta meterse en la pequeña oficina que vigilaba el taller. Allí estaba el jefe y con voz temblona le dijo que querían un aumento de sueldo. El jefe sin ningún reparo le cogió por los hombros, le dio la vuelta y de una patada en culo le sacó de la oficina casi dándose de bruces en el suelo. Tenía 16 años y dice que se dio cuenta que la cobardía suele dominar más que la valentía en muchas personas. Fue una lección. A la semana siguiente les aumentaron el sueldo.

Mi tío trabajó en muchos sitios más y luego se casó con una americana y se fui a los EEUU a estudiar. Acabó su carrera de filología inglesa y de magisterio y vivió en el estado de Texas por varios años. Más tarde vivió y trabajó en Washington, la capital de USA. Muchas cosas más me contó mi tío. Sus viajes a México y los peligros que allí le surgieron. Su vida de estudiante y trabajo en un hospital, en un MacDonald, en una biblioteca universitaria. Hoy día está jubilado de la enseñanza. Fue profesor de inglés por varios años en España. Podría seguir contando pero creo que el tiempo no me lo permite.