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domingo, 3 de abril de 2011

AYER PASEÉ POR NOLAN (24) Nolan ayer y siempre. Final.

Ayer también seguí la avenida Cárdenas, crucé el Puente Nuevo y llegué a la estación de Feve, antigua estación de Langreo cuando las máquinas eran de vapor y los vagones de viajeros de madera con asientos de madera que dejaban las rayas en el culo marcadas. Me quedó mirando pensativo la estación con su viejo depósito de agua todavía allí presente y casi en ruinas..

Una vez, quizás en el verano de 1955, fuimos casi toda la familia Maldonado a Gijón a la playa. Fuimos en el tren de Langreo con cestas de mimbre repletas de tortillas, quesos, fruta y vino. Fue un viaje de salida temprana desde la estación al otro lado del Puente Nuevo con barandillas de hierro. Iban también los primos e incluso creo que Néstor, Paco y Norma. También Alberto y Maribel y un niño de un año llamado Toni que siempre usaba un chupete de goma color membrillo y babeaba mucho. Todos en tren a la playa de Gijón cruzando los valles mineros de Tuilla, de Carbayín, de Bendición. Luego parada en el Berrón, Noreña; y, el plano de San Pedro. Allí el tren hacía unas maniobras que le conectaban al “güinche” y entonces subía cuesta arriba la ladera de la montaña que dividía el valle del río Noreña del río Pinzales luego bajaba despacio y más tarde ya era la estación de Pinzales, luego Bendición y la Braña, para por fin, y después de dos horas de viaje, llegar a Gijón. Aquel día caminamos en dirección al pedreru del Rinconín y fue una larga caminata. Recuerdo el pedreru y la gente bañándose y había también un trampolín y la escena se mezcla con mi excitación al meterme en los charcos entre las rocas y disfrutar, pero también la angustia del agua fría cuando mi padre me quiso meter en aguas más profundas y el agua de mar restregando la nariz y la garganta. Me acuerdo que mi abuelo Isaac se tiró desde el trampolín y luego el tío Alberto. Más tarde comimos las tortillas en un merendero cercano en un día soleado que a medida que fue atardeciendo se me fue borrando de la imaginación. Éramos una vez niños y una familia todavía joven. Todos fuimos alguna vez niños con una familia joven. Más tarde fuimos jóvenes y padres con niños que nos veían a nosotros jóvenes. Y así es el ciclo de las vidas y las conciencias que se van abriendo y desarrollando en un devenir cósmico de misteriosa indefinición. Es increíble que en un mundo así que flota en un infinito todas estas conciencias y recuerdos se pierdan en una nada, en un silencio absoluto. Podría ser, pero siempre hay una luz de esperanza, una percepción que se pierde en los orígenes de mi conciencia en Nolan que señala una entrada que también ha sido la salida de algún otro sitio. Nada demostrado. Nada a qué poder acogerse. Sólo sensaciones, profundas nostalgias y recuerdos envueltos en extrañas tonalidades.

En 1956 hubo también otra estación que me viene a la memoria. Era en noviembre y mi padre ya estaba en Madrid abriéndonos el camino para nuestra próxima marcha en enero. Mi madre escribía cartas a mi padre en aquel papel rayado de textura como la tela y los sobres fuertes bien pegados con saliva. Entonces un día nos dio una carta a Jacob y a mí para echar al tren correo que pasaba o salía de la misma estación de Renfe de Nolan. Y para allá fuimos Jacob y yo caminando por la Casería Nueva una tarde fría y gris de orbayu, los dos con la carta guardada como oro en paño. Pasamos el paso a nivel del tren y luego seguimos hasta la Plaza de la Alquería para coger la calle de la Estación que subía unos metros en plano inclinado. Una vez en la estación allí enfrente estaban los ruidosos lavaderos de la Moderna en plena actividad y un tren de viajeros con vagones de madera allí aparcado en una vía secundaria. Jacob y yo miramos dónde estaba el tren o un buzón de correos. Y entonces vimos el buzón de correos de aquel tren vació y allá fuimos a meter la carta. Metimos la carta y en el mismo momento de irnos los dos protegidos del frío y la lluvia con los abrigos hechos por mi madre, alguien nos llamó: “¡He, guajinos! ¿Ónde metisteis la carta?”. “Allí, nel tren”, dijimos nosotros. “Non, non ye allí onde tuvisteis que habe-la echao. Esi tren ta paráu y non sale hoy.” Entonces Jacob y yo quedamos petrificados. No sabíamos qué hacer. Aquella carta era para papá y ahora qué. Habíamos tirado la carta a un tren que estaba parado y la carta no iba a llegar a papá en Madrid, y mamá qué nos iba a decir después de haber escrito aquella carta que debía de ser muy importante. Los dos nos quedamos mirando a aquel empleado de la estación y empezamos a llorar mencionando la carta y que era una carta para nuestro padre que estaba en Madrid. El empleado de la estación debió de sentir mucha pena al vernos tan chiquillos y en aquel estado de desconsuelo. Así que nos dijo que esperáramos un poco que iba a hablar con el Jefe de Estación para solucionarlo. Y así fue. Al poco tiempo el Jefe de Estación salió del edificio y nos dijo que no nos preocupáramos que enseguida cogerían la carta del tren parado y la echarían al tren coreo que venía de El Entrego en dirección Oviedo esa misma noche. Nos pusimos muy contentos y regresamos en aquella tarde fría y lloviznosa a la casa-cueva del barrio de La Carbonera. La carta llegaría a papá en Madrid.

La última Navidad en Nolan fue dos meses más tarde. Toda la familia Maldonado celebramos el acontecimiento como una despedida. Nos íbamos, mi madre, Jacob y yo, a Madrid en unos días. Dejábamos Nolan para empezar una nueva vida en la capital de España. Se preparó pollo y antes de la cena yo di un paseo por Nolan, a mi aire con seis años. Vi a mi tío Alberto que venía en una bici Orbea negra de trabajar y me preguntó que a dónde iba, yo le dije que era Nochebuena y que había salido a dar una vuelta antes de la cena. Estaba contento y esta escena de encuentro con Alberto la recuerdo asociada a un Nolan como salida de una película americana en cualquier escenario de cosmopolitismo neoyorquino o californiano. Pronto volví a casa de los güelos de la Alquería para estar con todos, primos y tíos incluidos. Cenamos pollo, que era un lujo y había que matarlo y desplumarlo y todo el barrio de la Salve olía a pollo en aquella Nochebuena del año 1956 en Nolan. La semana siguiente salíamos en tren expreso de Gijón a las 10 de la noche después de dar un largo paseo con Maribel por los arcos de Marqué de San Esteban en Gijón, pero del paseo y del viaje y de Madrid hablo en mis episodios de La Colonia.

Volví a Nolan en muchas diferentes ocasiones después de volver de Madrid, pero por muchos años siempre evité visitar este pueblo que me recordaba una infancia triste, fría, lluviosa, húmeda; además de pobre. Y si alguna vez tuve que visitarla por algún compromiso, siempre deseaba salir cuanto antes porque me daba tristeza y acababa sumido en recuerdos de un pasado que quería olvidar para siempre. Pero ayer me levanté pensando en lo urgente que era ir a Nolan. Necesitaba visitar Nolan y pasear por ella y recordar con gusto y caminar sin angustia por sus calles y plazas, y dejarme guiar por los recuerdos de aquella infancia que ayer renacía con todo su poder y magia. Esa había sido mi infancia langreana y esa infancia había sido mi despertar a la vida, la apertura de mi conciencia, la formación de mis arquetipos más profundos; de los sentimientos que han venido condicionando mi vida a lo largo de tantos años. Ayer fue la hora, fue el momento en que Nolan y yo nos reconciliáramos como lo hace un hijo con una madre con la que ha tenido una relación difícil, pero que el tiempo nos vuelve a juntar después de haber vivido una abundante vida y comprendido muchas cosas que hasta ayer no había comprendido. Nolan es mi pueblo, mi lugar de nacimiento; y desde ayer los dos hemos quedado unidos en un abrazo de cariño mutuo.

2 comentarios:

  1. Hay algunos detalles que otros que no coinciden con mi memoria. Por ejemplo, la carta en el tren, que creo que la eché en un vagón raro del mismo tren, un vagón viejo de madera, pintado de verde, con un buzón. Efectivamente, un ferroviario vino a consolarnos y a decirnos que no pasaba nada, que igual llegaría. O el abuelo "Emeterio"? que me parece que murió a los 60 de edad.

    Sugerencia: ¿Por qué no pone los nombres auténticos, por lo menos de los lugares? La toponimia es fundamental en la definición de un mundo. Sin toponimia, se pierde mucha autenticidad. Yo pondría todos los nombres auténticos, incluso los de personas.

    Runand

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  2. Nunca sabe uno cómo puede reaccionar la gente. La descripción de un personaje puede resultar ofensiva a quien menos te lo piensas y esto es un blog público.

    Vivimos en una época en que todo se puede denunciar y compensar. La enseñanza me enseñó lo susceptible y cabrona que puede ser alguna persona con lo que le interesa.

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