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viernes, 17 de octubre de 2014

HABÍAMOS LLEGADO A ITMILL

Era ese momento cuando vivíamos en el edificio de pisos cerca de la Institución de Enseñanzas de Jóvenes al cual me habían destinado después de inmensas pruebas y exámenes y papeles y dos viajes desde el Continente Kronkam para cumplimentar
fórmulas burocráticas de homogenización y habilitación y demás cosas laberínticas que me costaron días y noches rellenar pero que parecían ser necesarias para que un país democrático fuera bien. Y para ello nos desligamos de los trabajos de enseñanza que teníamos en Kronkam y nos vinimos a Rhena en un pueblo costero llamado Itmill. Y allí alquilamos un piso muy cerca de la Institución desde donde habríamos de empezar otra etapa en la vida y el pueblo era bonito, agradable; con playas grandes y pequeñas de arena fina y el mar estaba allí mismo a cada instante que nos apeteciera, con ese olor salubre y húmedo. Si mirábamos al mar en una noche oscura y cuando éste estaba muy agitado era una experiencia de angustia. Pensar en las profundidades de un mar agitado y frío sin posibilidad de agarrarse a nada es pensar en una muerte de terror abrumador. Pero el mar en un día de cielo azul de verano nos invitaba a lejanas tierras de aventura pirata de aires tropicales y gentes de espíritu acogedor que nos ha de contar viejas leyendas en boca de respetables ancianos. Pero en Itmill estaban también las montañas que nos rodeaban con picachos de caliza y altitud suficiente para situarse a vista de águila y así contemplar un paisaje costero delimitado por el alcance de nuestra vista. Extraordinario.

Un día la niña y yo estábamos mirando la tele en el salón y en la cocina estaba su madre cocinando algo muy rico que sacaba de recetas acumuladas a través de muchos sitios: publicaciones, revistas, libros o conseguidas a través de amigas con gustos culinarios. Y el olor llenaba la casa con aroma de especias y carne asada ya en su punto dentro del horno. Además siempre había un pastel o una tarta al final que nos hacía ganar algún que otro gramo de más de peso diario. La serie que veíamos en la tele era sobre unos
chavales que trabajaban en el Pony Express de los Territorios Salvajes e iban de una estación a otra con sus caballos veloces y sus mochilas de cuero adosadas a los caballos. Siempre había alguna aventura que nos agarraba con su trama y además la imaginación quedaba entretenida entre un paisaje y otro y las formas de vida de aquella época y territorio. Pronto Nika hacía valer su voz diciendo: la cena está lista y entonces nos íbamos a la mesa redonda cerca de la ventana de aquel piso bajo, colocábamos el mantel y los platos y los vasos y las servilletas y al final el posacacerolas para recibir el asado o el plato fuerte.
Mientras comíamos sentíamos estar viviendo en un mundo nuevo que nos habría de deparar sorpresas. La noche cubría el pueblo. Después de cenar leería el cuento a la niña y luego, una vez recogida la cocina, daría un paseo por Itmill.

domingo, 14 de septiembre de 2014

EL CUADRO DE NUESTRO PADRE ABRAHAM

Fue durante el paseo de la Avenida Godoma a la Plaza Somorra cuando vi el cuadro de nuestro padre Abraham sentado a la entrada de su tienda de campaña y sus criados le escanciaban vino espeso en un cuenco de barro. Detrás de la tienda podía ver el Monte Arafat muy a lo lejos; o quizás era el monte Hermón. Podía ser también el Sinaí. Pero era un monte hermoso rodeado de nubes. Para llegar al monte había que atravesar primero un desierto; luego un huerto casi infinito lleno de frondosos árboles frutales plagados de serpientes parlantes. Y luego había que atravesar un lago de fuego usando una barcaza de hielo.
Me quedaba absorto viendo aquel cuadro de nuestro padre Abraham en aquel escaparate de la Avenida Godoma. Porque en el cuadro había más y más sugerencias al óleo y grandes pastos y grandes pastores y hermosas esclavas que parecían felices viviendo con nuestro padre Abraham. La combinación de colores invitaba a una profundidad de texturas espirituales jamás inalcanzables ni comprendidas en su pura esencia. Yo quería aquel cuadro. Compraría ese cuadro. Siempre había soñado tener esa imagen de nuestro padre Abraham. Un hombre bueno, a quien todos respetaban y obedecían porque sabía ser bueno y sabio y obediente a Adonai. Allí, sentado a la entrada de su tienda a punto de beber un vaso de vino fresco escanciado por uno de sus criados y luego he ahí la profundidad de los caminos de D-ós que han de alcanzar la cumbre del Monte Divino, sea cual sea su nombre. Amén.
El señor de la tienda me dijo que ese cuadro ya estaba vendido al viejo rabino que cuida día y noche la tumba de Moshé ben Maimón a las afueras de Tiberíades. ¿Quién lo había pintado? preguntaba yo.El señor de la tienda me dijo que yo ya era la séptima persona que entraba para comprar el cuadro y lo curioso era que cada uno veía algo diferente en aquel cuadro de nuestro padre Abraham. Cada uno veíamos algo sorprendentemente diferente de nuestro amado y respetado padre Abraham, bendita sea siempre su memoria. 

sábado, 23 de agosto de 2014

EN COCHE POR LA BARRACA MÁS ALLÁ DE LES CUBES

Se lo dedico a mi primo José Aurelio.

Venía de Sotrondio de ver a un amigo y decidí volver pasando por la antigua carretera general de El Entrego. A veces lo hago porque evoca en mí recuerdos de la infancia cuando venía a esta villa desde Sama a ver a mis primos. Al llegar al final de la carretera general y a la altura de Santana, decidí torcer a la izquierda por la carreteruca que se dirige a La Barraca. La tarde era gris y a medida que subía por la ladera del estrecho valle formado por un arroyo, el paisaje iba presentando tonalidades de verde
más oscuro. Había bosques densos de robles, de castaños, plantas de avellanos, maleza espesa, etc. Pronto llegué a la aldea de La Barraca y me fui fijando en las casas a mano derecha, pues en una de ellas había vivido mi primo José Aurelio cuando éramos chiquillos. Recuerdo que la última vez que había estado allí José Aurelio me enseñó todo lo que coleccionaba de Karina, pues era un fan de esta cantante. Hablo, claro está, de los años sesenta. Mi tía Menchu nos dio a beber una taza de chocolate con bizcochos y luego creo que fuimos a dar una vuelta con los amigos de mi primo.

Efectivamente, la casa de mi primo allí estaba. Ahora era una casa muy vieja de un piso, que ahora estaba cerrada a cal y canto y dejada al abandono más absoluto. Seguí conduciendo por la carretera estrecha, pasé la Barraca y en seguida entraba en Los Fornos, otra aldea más arriba. Pasé Los Fornos y seguí metiéndome en las profundidades de la ladera derecha del valle, pero subiendo más y más. De pronto, en otra aldea de cuatro casas, la carreteruca se cierra a la circulación con una señal de tráfico y veo que hay que torcer por una pendiente bastante pronunciada y ensanchada. Era como una especie de atajo o nuevo paso quizás por el deterioro o derrumbe de la parte cortada. Puse la segunda y veía que no era suficiente, entonces puse la primera y subí el repecho. No cabe duda que la pendiente era respetable.

Seguí entonces subiendo y la densidad del paisaje verde oscuro bajo las nubes grises lo hacía un tanto depresivo. las pocas casonas que se veían parecían algo destartaladas. En una parecía que vivía una familia o familias gitanas a juzgar por la chatarra y el burro afuera atado. Luego, al cabo de 10 minutos llegaba a Les Cubes. No obstante la carretera parecía seguir aunque ya más estrecha. Me animé a seguir porque estaba todavía asfaltada y a lo mejor me podía dar salida a otra carretera más importante en dirección Mieres o Turón. La Peña el Carbayu no debía estar muy lejos y allí yo sabía que se unían dos o tres carreterucas de valles estrechos con la antigua carretera de Sama a Mieres. pero no era así. A un kilómetro de Les Cubes la carreteruca se convertía en un camino y aunque seguía estando asfaltada con asfalto más suelto; decidí desistir y dar la vuelta.

Di la vuelta, fui bajando. Pitaba en las curvas. Pasé de nuevo Las Cubas y al cabo de unos minutos he de subir la pendiente ya descrita pero por el otro lado. A medida que iba subiendo parecía que iba subiendo hacia el cielo y, en un momento dado, una vez llegado arriba, en el cambio de rasante, la vista hacia el valle me pareció terriblemente dramática. Parecía que si seguía unos metros más me arriesgaba a bajar una pendiente que ahora me dejaba asomar a tumba abierta hacia la profundidad del valle que se
ensanchaba dejando ver a lo lejos y en lo profundo Santana. Tal era la sensación de vértigo y pánico que me entró que paré el coche ante el mismísimo cambio de rasante que ahora parecía más bien el borde de un abismo. Tiré para atrás y sentí que me ponía blanco de terror, creí que me iba a desmayar. Salí del coche con miedo y revoltura. Me sentía mal. Caminé un poco. Me calmé. ¿Quién demonios iba a bajar aquello? ¿A quién voy a llamar? pensaba yo.

Una vez calmado volví a mirar la pendiente al otro lado del rasante. La examiné con más detenimiento. Vi que sí la podía bajar y que no era para tanto. El efecto de la subida hacia el cielo y el cambio de rasante abruptamente hacia las profundidades del valle me había hecho saltar las alarmas del organismo a punto casi de desmayarme de pánico y vértigo y posiblemente, de haber seguido, de perder control del coche y tener un serio accidente. Baje despacio en primera y frenando y al final logré superar la prueba sin más problema. Volví a pasar La Barraca y la casa de mi primo José Aurelio y así llegué a Santana y luego dirección a Sama y Gijón.       

domingo, 29 de junio de 2014

LA VENTANA Y EL SILENCIO

La ventana y el silencio. Una habitación completamente nueva. Hay un tocadiscos de plástico duro o pasta y color gris encima de una mesa pequeña. Hay dos pegatinas pegadas al tocadiscos. Son algo así como huellas de pies en colores. El tocadiscos tiene los altavoces incorporados formando una sola pieza. La cama es de colchón más duro al que se estaba acostumbrado, pero no resulta incómodo dormir en él. Lo que más llama la atención es el silencio.
Demasiado silencio para una mañana de día de diario. Al bajarse de la cama los pies tocan la textura de una moqueta verde que imita el césped de un jardín. Se siente el aire acondicionado como una leve corriente de aire que mantiene la habitación a una temperatura cómoda y conveniente. La cama es estrecha y su cabecera son barrotitos de madera tipo reja pintados de blanco. De nuevo llama la atención el silencio. Al mirar por la ventana todo está soleado. El cielo brilla más de lo que uno está acostumbrado. La calle está tranquila, no circulan coches. En frente se ven casas-chalet elegantes con jardines abiertos y pasos de entrada a los garajes. Hay árboles bien cuidados. También se ve el césped y algunos arbustos mismamente pegando a la ventana. La ventana es de guillotina y los cristales están entrecruzados con listones metalizados. Está bien ajustada y enganchada con un cierre giratorio en la parte inferior. Es evidente que no se espera que se abra la ventana, pues el clima interior ya está controlado y abrir la ventana no parece lo adecuado. El armario es tipo closet, empotrado y está lleno de ropa femenina. Hay una sensación de interioridad hogareña cómoda, entrañable: pero al mismo tiempo una radical invitación a un mundo privado de intimidad plena. Y de nuevo llama la atención el silencio.

viernes, 30 de mayo de 2014

EL REVERENDO CALVIN HERVEAX. LA CAIDA

Cuando llegué a la vieja casa de Biesmar, llamé a la puerta y allí estaba el
Reverendo Calvin Hervaux recibiéndome. Hacía tiempo que había perdido contacto con el viejo reverendo; pero yo le seguía respetando y necesitando. Nadie como él para aventurarse en los inagotables significados de la Biblia. Nadie como él para adentrase sin miedo en los insondables barrancos, precipicios, cumbres, valles profundos, cielos e infiernos del alma humana. Su mujer nos preparó unos cafés con bizcocho y pronto pudimos enfrascarnos en aventuradas especulaciones. El pastor Hervaux se iba transformando a medida que su especulación profundizaba en lo insondable. Yo empezaba a vivir la Biblia como una puerta a latitudes inconmensurables....Y comenzó:
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"El protestantismo hace bien en situar al hombre en la esencia misma del pecado debido a su caída del Edén promovida por su desobediencia al mismo D-ós. Pero una desobediencia que haya podido desafiar al mismo Todopoderoso es en sí la esencia misma del Mal, del Sacrilegio, de la Blasfemia; una Monstruosidad sin límites. Una criatura que confronta al mismo D-ós con su desobediencia nunca podrá pagar lo inconmensurable por su pecado. ¿Qué impulso guió a esta criatura para atreverse a tal Maldición Suprema? ¿Cómo pudo concebirse en el hombre tal Horror?
"Imposible que algo tan blasfemo y sacrílego haya podido salir de una criatura creada por el mismo Todopoderoso. Jamás Adonai pudo haber creado una criatura con esa potencia hacia el Mal Absoluto, pero la Torá nos dice que así fue: "Entonces Jehová dios dijo a la mujer: "¿Qué es lo que has hecho?" Y dijo la mujer: la serpiente me engañó, y comí" (Gn 3:13). ¿La serpiente? ¿Qué hacía ahí la serpiente? Alguien o algo más llevaba la semilla del mal consigo y pudo entrar en el mismo Jardín del Edén para expandir sus efectos. ¿En el mismo territorio de D-ós reservado para sus criaturas? ¿Cómo fue esto posible? ¿De dónde procede el Mal? ¿Cómo puede tener esa capacidad de desafiar al mismo Adonai? Esto nos sobrecoge.
Todo esto es terrible. Espantoso. Cuando uno se da cuenta de la magnitud de los hechos del Edén no puede más que temer el poder del Mal que sobrepasa todo entendimiento y hasta nos hace blasfemar a nosotros mismos del Todopoderoso por haber permitido tal protagonismo del Mal, de la Serpiente (perdón Señor por este atrevimiento). Las teologías frivolizan con estas leyendas tan antiguas. Las religiones han domesticado este horror cósmico y cataclísmico que inaugura la Historia. Lo han hecho doctrina, dogma, leyenda, simbolismo, mito; en otras palabras: lo han alejado de su misma esencia maligna; lo han hecho literatura; arte; Milton, Blake ...
Pero hay que retornar de nuevo al Edén y ver qué es lo que allí sucedió de veras siguiendo las palabras, las frases, las oraciones. Y descubrimos el Horror de la desobediencia más Blasfema y Sacrílega. Comienza la Historia.
"Pero nos queda la incógnita de la Serpiente. Sigamos el Hilo Cósmico de la Serpiente. Su procedencia. ¿Otra criatura de D-ós? ¿Leviatán? ¿Una sombra del mismo Todopoderoso? ¿Un horror contenido en las mismas entrañas de la Divinidad? (Adonai me perdone por llegar a pensar estas blasfemias) ¿Qué ES y habita en las mismas entrañas de la Divinidad?

¿Por qué era necesaria la Historia?"
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No acabó ahí la especulación. Por un momento quedamos en silencio, pero el Reverendo siguió y todo lo que decía era fascinante.... (continua en los comentarios de abajo).

lunes, 26 de mayo de 2014

DICEN QUE ALGUIEN X HA LLEGADO A TIERRA DE TODOS

DICEN QUE ALGUIEN X HA LLEGADO A TIERRA DE TODOS

Dicen que Alguien X ha llegado a Tierra de Todos
Pero es una tierra muy lejana, a la que no se llega en coche, tampoco en tren, ni en avión
Tampoco es cuestión de "colocarse" con la mierda de ocasión. Wrong way.
Me temo que tiene algo que ver con intensas sensaciones
Que Alguien X ha decidido obedecer hasta el final
Dicen unos pocos --y en silencio-- que la tierra de todos existe, pero está más allá de toda normal disposición
Alguien X ansiaba; ansiaba llegar aún después de atravesar el bosque de las mil confusiones con sus aves de colores y sus miedos y terrores
O el desierto Antadis de la arena infinita, sin rastro ni rostro que seguir.
O las 100 ciudades de Khantar con sus retorcidas calles y las noches de extravío iluminadas por las tenues luces de un mundo que se apaga.
Ansiaba, ansiaba llegar más allá de todo lo que ciega y confunde.
Romper con los límites de las costumbres y las leyes y los espejismos, para llegar a su centro, a su corazón, a su esencia.
--Ha de haber algún punto de encuentro común a esta maltrecha humanidad o si no todos acabaremos en el reino del infierno--pensaba él en su soledad.
--Y si todo gira desde ese punto y lo podemos divisar
Entonces he ahí la claridad de un orden inmortal
He ahí la tierra de todos.
 

viernes, 9 de mayo de 2014

UN GATO LLAMADO PACO

Hubo un gato que se llamó Paco. Llegó un día de los años 80 a nuestro apartamento de Harlingen, cuando vivíamos en el Rio Grande Valley al Sur de Texas ya cerca de la frontera con México. Paco llegó malherido, con el cuello atravesado por un alambre o bramante y el rabo completamente deshilachado; como si hubieran intentado torturarle,
ahogarle o deshacerse de él de cualquier modo horroroso. La primera vez que abrimos la puerta y le vimos salió como asustado y se escondió tras unos setos que rodeaban la piscina. Quedamos un poco sorprendidos Robbie y yo al ver aquel gato tan dañado. Nos parecía un gato de raza, no me digan cual, por su pelo tan elegante, por sus facciones. Parecía haber sido un gato que había vivido bien hasta entonces. Quizás luego se escapó y comenzó a vivir una vida de alto riesgo; o quizás los mismos dueños se quisieron deshacer de él. Nunca lo podremos saber.

Al segundo día Paco se quedó allí al lado nuestro cuando abrimos la puerta por la mañana temprano. Nos dio mucha pena de él. Aquella mirada era la de un animal que estaba pidiendo compasión y dignidad al mismo tiempo. La mirada de Paco era una mirada directa, inteligente; era un gato que a pesar de su estado intentaba dar una imagen de cierta altivez. El caso es que lo dejamos pasar a casa, y pronto nos dimos cuenta que sus heridas eran serias, así que aquella misma tarde lo llevamos al veterinario. Le cosieron el cuello, le tuvieron que cortar el rabo y después de unas dosis de antibióticos Paco ya estaba como un rey. De hecho pasó a ser el rey de la casa. Era un gato muy despierto, siempre atento a lo que sus amos hacían; siempre dispuesto a acompañarnos como si fuera un perro. Paco no era gato de estar en casa; cuando quería salir avisaba y se pasaba horas fuera; cuando llegaba el momento llamaba a la puerta o se subía a una ventana y rascaba la pantalla mosquitera. Solía dormir en casa y a veces lo hacía al pie de la cama. Por la mañana era normal que se arrimara a mi cara medio dormida y me mirara con aquellos ojazos como diciendo: “Qué, compadre; ya es hora de levantarse.” Me tocaba la cara con la pata y luego se dejaba acariciar con gusto y agradecimiento. Entre él y yo había verdadera empatía. Nos habíamos llegado a entender.
Cuando llegaba del trabajo después de enseñar en el Santa Rosa High School Paco estaba allí para subirse rápidamente a mis rodillas sentados en el sofá y los dos escuchar algo de música. Por la noche cuando iba a dar un paseo solitario por los alrededores de los apartamentos y cerca del Hospital General de Valle del Río Grande, Paco venía conmigo como si fuera mi amigo. Siempre recuerdo esa su mirada despierta, esa disposición a ser cómplice de nuestra vida con expresiones de contento, de cariño; pero al mismo tiempo la mirada clara, inteligente; una mirada que expresaba dignidad felina. Paco era una criatura que daba más vida a nuestra vida. Un gato que nos había enseñado ese lado de feliz inocencia animal que los humanos parece que hemos perdido o quizás nunca tuvimos. Cuando llegábamos a casa ya esperábamos a Paco en algún momento, como si fuera un crío en la familia.
Pero todo llega a su fin. Decidimos entonces ir a trabajar a un colegio bilingüe de Madrid y Robbie y yo dejamos de trabajar para el Santa Rosa Independent School District aquel verano. Robbie se había adelantado a hacer un curso en Madrid de español patrocinado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y yo quedé con Paco una semana más en el apartamento haciendo los planes de traslado. Fue una de las semanas más tristes de mi vida. Paco intuía que algo había dejado de ser lo mismo. Que algo estaba pasando que acabaría con esa vida tan hermosa para él. Yo le tenía que llevar a Houston a casa de mis suegros en Pasadena. Paco se quedaría allí con ellos. Pero cuando llegó el momento de darle la pastilla que lo atontara y meterlo en el coche y conducir hasta Houston sentía que mi alma se llenaba de tristeza. Fue un
viaje triste, muy triste. No acababa de comprender por qué un gato había sido capaz de ganarse mis afectos más profundos; pero Paco lo había hecho y ahora estaba allí con los ojos medio cerrados esperando un abandono seguro que para él sería otra nueva vida llena de aventuras gatunas.
Me enteré unos dos años después cuando un día pregunté por él desde Washington a mi suegra por teléfono que qué tal Paco; ella me respondió con tristeza. A Paco lo había atropellado un coche en la misma calle donde vivían y por el acento de su voz comprendí que nuestro gato también había ganado sus corazones. A veces la vida nos hace ver esos momentos de profunda nobleza y amor que pueden sellar una amistad inocente, de mirada sencilla a las cosas. Paco fue un regalo que nos llegó de la forma más inesperada y se había ido también de la manera menos esperada. Sirva esta sencilla historia de homenaje a Paco, el gato que un día llamó a nuestra puerta.