Palermo. Las calles carecen de semáforos y para cruzarlas hay que aventurarse. Todo una aventura. El tráfico es caótico y, en los cruces si vas en un taxi se te pone la boca serrucho. Me recuerda en parte a la España de los años cincuenta. Las calles tampoco tienen placas con el nombre, salvo las de segundo orden. En una avenida puede uno ver gente lavando el coche allí mismo con una manguera o a caderados. Uno va caminando por una calle y ves que de repente queda invadida por coches en ambas aceras y tienes que caminar por la calzada, pero por la calzada los coches y las motos van a la mayor velocidad que pueden alcanzar. Se ve la ropa tendida en balcones y ventanas que dan a las calles céntricas. También se ven los garajes de barrio ocupando las ceras como ya había visto en Marruecos. Y la gente se pone a charlar en las aceras con sillas y chiquillos jugando y toda la familia allí al ventestate.
Pero Palermo tiene su encanto. Tiene muchos monumentos de diferentes épocas históricas. Tiene un museo de marionetas que vale un potosí. Magia, mucha magia. Pura fanatasía. Fantasía mágica. Hay algo en las marionetas que evocan espíritus encarnados. Tiene iglesias barrocas. Tiene una catedral de estilo neocñasico de influencia española. La gente es amable con los turistas y no es verdad que habalndo español se entiende uno bien. Engaña mucho el italuiano por la pronunciación parecida, pero no es verdad. Os dejo, Batería baja y tecla que funciona mal. Arrivedercci.
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martes, 5 de julio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
UN ROSTRO PUEDE ABRIR UNA PUERTA INEXPLICABLE
Apareció por la capilla evangélica una tarde con su hermana mayor en un culto de los jueves cuando predicaba el pastor Daniel. Marcos tenía 16 años y se quedó mirando la cara risueña de la chica con una nariz algo alargada. Cuando acabó el culto fue a saludar a Marta, la hermana mayor; y, disimuladamente saludó a la chica. El saludo fue correspondido con una sonrisa y una mirada de espontánea simpatía. Cuando salió de la capilla llovía, pero bajo la lluvia y ya caminando en dirección a su casa por la Avenida Schulz; sintió que algo había pasado. Algo así como una pequeña trasmutación de los sentidos y entonces la lluvia no importaba, ni la caminata; ni la noche algo fría. ¿Quién era esa chica? No sabía que Marta tenía esa hermana tan risueña y con una voz con toque de inocencia. La vida puede cambiar en cualquier instante. Una simple mirada e intercambio de palabras puede ser el detonante y entonces la chispa del alma se ilumina. Y la ciudad cambia. Y la lluvia nos acaricia con suavidad en lugar de molestartnos. Y la caminata a casa se nos puede hacer increíblemente corta y llegamos y nada parece lo mismo. El enamoramiento es magia que nos envuelve en un ensueño. Marcos durmió con una imagen de rostro risueño y una ilusión desbordante.
Tres años después todo se había complicado.
Habían sido tres años intensos de pasión, de dudas, de trabajos inseguros; de estudios nocturnos abandonados. De un apego entusiasta por su iglesia protestante. De lecturas de la biblia buscando las claves del sosiego. La verdad para él era el sosiego, pero la verdad rehúye cualquier sosiego y nos avienta hacia la interperie. El mundo era muy grande y a los dieciséis o diecisiete años Marcos tenía la sensación de que no todo había de acabar en su ciudad provinciana. Pero la hermana de Marta era su refugio emocional, su plena confianza; su futuro ansiosamente incierto atrapado en un círculo de total inseguridad. Paseos bajo la lluvia en tardes solitarias. Conversaciones de almas casi gemelas. Salidas con los jóvenes de la iglesia y los cultos semanales. Religión, amor, trabajo de mecánico en cualquier taller; estudios nocturnos nunca acabados. Intensa relación. Demasiado intensa. Hasta que todo estalló y luego se evaporó como un mal sueño que deja secuelas que Marcos no era capaz de comprender mientras salía con la motocicleta por la ciudad a hacer recados para un taller mecánico cualquiera.
Marcos miró al pasado desde la lejanía del tiempo. Veía la cara risueña e inocente de Lucía con su nariz alargada y su rostro sonriente. Recordaba el encuentro; y, como las secuelas de un filme, veía pasar las escenas. Vio su misma persona derrotada a los diecinueve años retornando a su casa con el alma medio muerta y las esperanzas sin esencia. El rostro de Lucía se había hecho de piedra. Pero ya en ese momento de angustia y fracaso percibía allá a lo lejos, más allá de las montañas, un nuevo futuro, otra vida más allá de la cercanía y seguridad de su ciudad provinciana.
sábado, 11 de junio de 2011
ELEUTERIO EN EL TALLER DE LA RESINA MOLDEADA
Se llamaba Eleuterio y trabajaba en un taller de fabricación de piezas de resina y ebonita. Era oficial. Tenía rango y cierto poder sobre los pinches, peones y aprendices. Su rostro había adquirido la firmeza y la dureza que requiere el uso del poder. Una mirada por encima de sus gafas graduadas y ahumadas tenía el efecto esperado. El pinche, peón, o aprendiz, que recibía tal mirada sabía que estaba siendo escudriñado, controlado, o ya, directamente amonestado por algo que no debería de estar haciendo. Los jefes le depositaban su confianza, e incluso le agasajaban, le reían las malas bromas, y mantenían conversaciones amigables con él. Eleuterio reía todo lo que le decían los jefes, pero era una risa nerviosa, insegura, demasiado estrepitosa en ocasiones. Lo cual denotaba un ego muy inestable. Un ego de perro guardián, pero lamiéndoles las botas a los amos con el profundo resentimiento de quien se sabe inferior, de quien llegado el momento si él pudiera tener poder de verdad, con dinero, con carrera, con un buen coche y una buena hembra; entonces verían ellos, los amos del taller y los demás. Pero no era así. Ganaba poco. No tenía carrera; y salvo el dominio que tenía sobre cosas del campo, las vacas y el oficio; su conversación disponía de pocos recursos y le era muy fácil caer en tópicos ridículos incontrolables. Era buen guardián. La mirada por encima de esos cristales ahumados mantenía la disciplina del taller. Cuando su mujer venía a traerle la comida, en ocasiones, se veía una mujer muy gorda, demasiado gorda; con muy mal humor y malos modos. Cuando hablaba con Eleuterio se veía que esa mujer lo llevaba por el camino de la amargura con su mal genio de hembra con visible poder.
Pero Eleuterio era un oficial curioso y responsable. Un hombre cuyo banco de trabajo se parecía más a un altar sagrado, por su orden, por su aura; por ser un espacio absolutamente prohibido para otros. Sus palabras con los subordinados eran siempre ásperas, cortas, acusadoras. Eran esas palabras dirigidas para guardar distancia. Solía tener “amigos” y “enemigos” entre los obreros del taller. Los “amigos” eran aquellos que por razones nunca claras pues le caían bien. Entonces la mirada bajaba de intensidad; las palabras eran menos duras; les concedía alguna posibilidad de conversación más bien corta. Los “amigos” solían ser dos o tres. No más. Y los “enemigos” solían ser algunos más. Con ellos la mirada era de muerte. Fría como el filo de una navaja. Las órdenes eran amenazantes y, si el “enemigo” respondía con cierto malestar, entonces Eleuterio podía ser violento. Podía estallar tirando un molde contra la pared, o restallar alguna maldición venenosa que presagiaba venganza. Ser “enemigo” o “amigo” era cuestión de suerte. Nunca se sabía el por qué. A veces el enemigo pasaba a ser amigo sin saber exactamente por qué. Y el amigo por la misma sin razón perdía tal privilegio y pasaba a ser del montón o incluso enemigo.
Los hubo que se llegaron a enfrentar a él cara a cara. Entonces él, Eleuterio, se levantaba del banco y empezaba a mover todo el cuerpo como un animal en peligro. Se ponía blanco de ira contenida. Violento pero sin atreverse a matar a nadie aunque siempre podía producirse la posibilidad, pero que nunca se producía. Las frases eran fuertes. Salidas del mismo infierno. Era un odio atroz. Luego, se replegaba en sí mismo. Seguía cortando material o rellenando moldes y se le iba pasando..Después aparecía algún “amigo” nuevo para compensar. Hubo ocasiones en que fue posible la conversación normal. Y, ya mayor, cerca de los sesenta años, se hizo más humano. Las conversaciones se fueron haciendo más normales. Eleuterio fue aligerando tensiones profundas, complejos; quizás los resentimientos fueron perdiendo fuerza de puro agotamiento en el tiempo. Al final, y después de tantos años trabajando con él allá en los talleres Dimago, en la ciudad de Barnos, solo puedo sentir compasión por él. Solo compasión.
sábado, 21 de mayo de 2011
MINK HOLMES Y LA FAMILIA RENON
Nunca creí que podría recuperar mi alegría hasta que llegué al pueblo de Norton. Había llegado al pueblo después de atravesar las grandes praderas de Hutson-Kerry. Llegaba agotado, desesperado, huyendo de mis perseguidores. Mi caballo había reventado. Sentía ganas de morir, de dejarme vencer; de colgarme de cualquier árbol cercano.
Yo, Mink Holmes, tuve la suerte de encontrar a la familia Renon cuando yacía en uno de sus prados intentando poner orden a mi fatiga y desesperación. De repente, Alice Renon se acercó a mí y me invitó a su casa. Allí estaba su familia dispuesta a empezar a cenar. Karl Renon me dio la mano y me invitó a sentarme. Los muchachos me miraban con respeto y cierta compasión. Comimos todos en silencio después de que Mr. Renon diera gracias al Señor.
Han pasado muchos años de aquello. Los Renon me ayudaron a recomponer mi vida. Pasé a ser parte de la familia cuando me casé con Kathy Renon. Nunca había podido imaginar que podía llegar a ser feliz, que podía creer en Dios con toda naturalidad; que podía confiar en la gente de aquella manera. Poco a poco han ido desapareciendo varios de la familia Renon. Primero fue el abuelo Warton, luego la abuela Lisa y años más tarde el pobre Karl nos dejaba de repente.
Empiezo a ser viejo. Pero cuando miro hacia atrás pienso lo importante que fue para mí abandonar mi ciudad de nacimiento y de sufrimientos y encontrar a mi familia de verdad. Recuerdo lo lejos que había dejado mi vida de juego, de vicio y de falsedad en la gran ciudad. Lejos había quedado aquella vida de cínico tramposo y a punto de ser asesinado. Gracias a Dios, me salvó un grito de furor y de rabia que había salido de lo profundo de mi alma y entonces salté de mi cama como alguien que se está ahogando y busca el aire que respirar. Y así fue que vagué a todo galope por las llanuras y praderas infinitas de Hutson-Kerry hasta caer rendido y casi muerto en uno de los prados de los Renon. He sido un hombre feliz desde entonces. Sí. He sido un hombre feliz desde entonces gracias a Dios.
EL LIBRO DE MALOPBN
Cuando empecé a leer el Libro de Malopbn sentí que mi cabeza se ordenaba, que mi cerebro encontraba placer en el sentido. Por fin alguien había sabido conectar con mi mente, con mi frecuencia mental. Comenzaba entonces a sentir que la vida retornaba a mi agotado espíritu. Volvía a ser yo. Yo mismo. Yo, que había estado oculto por tantos años viviendo aquello que no era mío, aquellas posturas disimuladas para congraciarme con los demás, con la normalidad de mi ciudad. Ahora el Libro de Malopbn me devolvía mi ser, y mi alma salía libre tal como era; hablando su propio idioma. El Libro era como una savia que renovaba mis energías. Aquella prosa tan ordenada, aquellas historias tan bien estructuradas, aquellos razonamientos nobles y sabios.
Miré para atrás y la ciudad ardía.
Ardía la ciudad de Balno después de la revolución que había estallado hacía una semana. Maldita ciudad donde tantas mentiras y falsedades había vivido. Donde tanta ponzoña había leído, donde tanta mentira y vicio se fraguaban. De no haber abandonado Baldo a tiempo, refugiándome en los visibles montes de Molton; jamás hubiera conocido el secreto de esta comunidad secreta de sabios con su precioso libro de Malopbn.
La ciudad seguía ardiendo allá abajo, a lo lejos, en el Valle de Mistar.
DEMASIADO LEJOS PARA VOLVER A NOLMAK
Seguía caminando en dirección a Nolmark. Cuando llegué alguien me dijo que aquel pueblo no era Nolmark, que Nolmak estaba a cuatro mil kilómetros más allá. Yo me quedé pensativo. Cuatro mil kilómetros eran muchos para llegar al día siguiente caminando. Pero en el país de Kloprt las distancias eran estas. Eran grandes distancias atravesando desiertos. Llevaba cinco años caminando y seguía caminando todos los días sin freno. No me importaba. Había decidido que mi vida era siempre caminar de un sitio a otro. Siempre por los caminos, por las carreteras, por los descampados, por los senderos. Mi vida ya no tenía más objetivo que el caminar libre con mi mochila a la espalda. Me aterrorizaba quedarme en un pueblo más de un día. No quería apegos con nadie. No quería que alguien mostrara interés por mí. Yo solo era movimiento. No tenía más objetivo que moverme de un sitio a otro. Mañana mismo seguiría hasta Nolmak. Dormiría en cualquier posada y a las seis de la mañana emprendería mi camino hacia Nolmak.
¿Quién me esperaba en Nolmak? Sí, alguien me esperaba en Nolmak, pero cuatro mil kilómetros eran demasiados para llegar vivo a Nolmak. Había que cruzar tres infernales desiertos y la ciudad maldita de Boolptrew. ¿Pero por qué creía que ya había llegado? ¿Qué me había hecho creer que este pueblo era Nolmak? Comenzaba o a perder la noción del tiempo. Me obcecaba con las distancias.
¿Por qué había abandonado Nolmak? Ya, ya sé. Habían sido las luchas internas. Habían sido los conflictos. También las vendettas y las persecuciones. Y, ¿qué había pasado?, ¿qué había pasado? No recordaba qué había pasado. No podía recordar. La cabeza me daba vueltas y los recuerdos me abrumaban de tristeza. Estaba perdido.
Fue en ese momento cuando el profeta Klopt-- de quien ya había oído hablar cuando estaba borracho y aturdido en cualquier taberna--, me invitó a cenar con los miembros de su secta. No lo dudé. Cansado y abatido me senté en la mesa redonda dentro de su sobrio templo; y, allí, felices, sonreían los miembros de la secta secreta de los Molpety. Sabía que ese era mi destino. Sabía que habría de fundirme con la secta secreta y vivir una vida de fuerte fe y fanatismo; de fuerte obediencia y trabajo. Me sirvieron la cena y creí ser el hombre más feliz de la tierra. Pronto habría de ser iniciado a los misteriosos ritos de los Molpety.
miércoles, 11 de mayo de 2011
MALDITO PENDEJO
Se sentía piedra. Frío como una piedra. Duro como una piedra. No tenía miedo a nada ni a nadie. Hacía su trabajo. Comía, bebía y dormía.
Las palabras eran las justas para mantener el pellejo sin pegársele a los huesos. Cuestión de orgullo estético.
Su desprecio hacia la vida y el mundo era casi absoluto, salvando, como no, su orgullo estético.
Tan solo estaba interesado en que su pellejo no se pegara a los huesos. Esa era su razón para seguir viviendo.
Sí, esa era su razón para seguir viviendo. ¡Maldito pendejo!
Sí, esa era su razón para seguir viviendo. ¡Maldito pendejo!
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