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jueves, 21 de junio de 2012

BOOKSTORE

En el escaparate me puse a ver libros. Los libros eran títulos sugestivos la mayoría. Los libros me crean cierta ansiedad: quisiera leerlos todos. Quisiera comprarlos todos. Quisiera tener el tiempo del mundo para leerlos todos. Qué placer el de la lectura en solitario en la cama sabiendo que al día siguiente no hay que madrugar. El dialogo silencioso del texto con mi mente, con mi conciencia. Qué placer leer ese libro que te abre nuevas vistas con una taza de café fresco por la mañana, sabiendo que no hay que ir a trabajar.

Se puso a llover y seguí mi paseo por la ciudad bajo el paraguas.

jueves, 14 de junio de 2012

EL GRAN ABISMO JAMÁS VISTO (Y EN LAS MISMAS INMEDIACIONES DE XIXÓN)

Cogí el coche aquella tarde y me metí por carreteras comarcales que tiraban al monte. Llevaba música de Bob Dylan y el paisaje era verde frondoso, con muchas tonalidades de verde, con prados a un lado y otro, pero también pequeños bosques de castaños, de hayas, de robles y otros. Pero también de destructivos eucaliptos que en esta región norteña de la península generan mucho dinero por la cuestión de la industria del papel y otros derivados. Entonces se prefiere agotar terrenos inmensos de monte a favor del eucalipto, ahora en el presente; y, luego en años venideros pues ya veremos cómo acaba toda esta erosión. Y, como dicen aquí en esta región: “el que venga detrás que arree.” Se veía un paisaje bucólico, de romanticismo profundo; lleno de colinas de mucha pendiente que formaban pequeños valles de ensueño, pero era también un paisaje desordenado; abandonado. Se notaba descuido y cierta desidia. En algunas zonas, sin embargo, se notaba otra conciencia respecto al paisaje: había más cuidado, más esmero. Toda una mezcla de actitudes e intereses.

Poco a poco fui subiendo una colina. La subida se fue haciendo más pendiente hasta llegar a meter la primera. Tiré así por un tiempo que me pareció eterno. Por fin llegué a una especie de pequeño llano y luego la carretera acababa en una especie de aparcamiento cerca de una mansión. La mansión se anunciaba como un bar-hotel. Me pareció extraño aquel inesperado paisaje, pues más allá del llano y del aparcamiento solo se veía un límite final a la carretera y a la colina. Fui acercándome al aparcamiento y de repente me di cuenta que el límite de aquel terreno era un inmenso barranco, quizás algo así como un descomunal cañón de una altura increíble. Me entró cierto vértigo. ¿Cómo era posible que existiera este atroz accidente geológico a varios kilómetros de mi casa y mi ciudad y yo, y la gente conocida, jamás habíamos oído hablar de tal impresionante barranco? Salí del coche y al ponerme a mirar creía que estaba mirando a una de esas grietas cataclísmicas del planeta Marte o de cualquier novela de ciencia ficción. Me entraba un sudor frío que desembocaba en un auténtico paroxismo provocado por la inexplicable sorpresa que me inundaba todas las vísceras. Era una auténtica proeza geológica que no acababa de asimilar. Quise arrimarme y mirar hacia la profundidad y no veía más que roca vertical sin percibir fondo alguno dentro de las medidas racionales a que estaba acostumbrado mi cerebro en esta región. La distancia de la otra orilla la calculé grosso modo en cinco kilómetros.

Con el aliento medio cortado me dirigí al bar-hotel. Al entrar había varios hombres con atuendos de escaladores o montañeros. También había como un grupo de chavales de los Boy-Scouts con sus uniformes y distintivos. En otra mesa solitaria había una señora ya mayor bebiendo una cerveza. Uno de los ventanales daba directamente al inmenso vacío. Me arrimé y quise ver a un kilómetro o más de profundidad vertical algo así como un río de gran caudal. La gente sin embargo parecía estar allí con toda naturalidad. Hablaban entre ellos. Contaban anécdotas que no lograba entender. Los boy-scouts seguían las instrucciones de un guía que supongo les estaba explicando en qué iba a consistir la excursión hacia el abismo. Fui a la barra y pedí una caña. El barman me sirvió con la mayor naturalidad del mundo. Yo me atreví entonces a preguntar.

—Oiga, ¿cómo es posible que tengan ese abismo ahí mismo y gente como yo que vivimos en Gijón; o sea, a dos pasos de aquí, no nos hemos enterado de su existencia ni de la existencia de este bar-hotel?
El barman entonces sin dejar de colocar unos vasos en el lavavajillas me respondió con toda tranquilidad.
—Qué quiere que le diga. El Barrancón lleva aquí desde que se hizo el mundo, supongo yo. Yo siempre lo conocí aquí y aquí puso el negocio mi padre hace ya cincuenta años. Clientes no nos faltan. Ahora con Internet y las guías de viaje tan buenas, pues nos llega gente de todo el mundo y se lo pasan bomba viendo esta maravilla. Tenemos algunas rutas de excursión muy seguras, pero llegar al fondo es algo que solo los mejores y más preparados en el alpinismo pueden hacer. Abajo está el Gran Río y luego dicen que hay todavía restos de una antigua vía minera con sus túneles ya hundidos. Yo nunca bajé a verlo, pero algunos que bajaron sí lo cuentan. — Seguidamente el barman fue a atender a la señora que le estaba haciendo señales.

Yo, impresionado, seguí viendo aquella maravilla de la naturaleza desde el ventanal. ¿Cómo era posible que jamás de los jamases nadie de mi entorno social o familiar me había hablado de aquello? ¿Y la prensa y la televisión local? Nadie, absolutamente nadie, se había dado cuenta de aquel abismo y sus posibilidades. Me di cuenta ahora que estaba más cerca que los scouts hablaban una lengua nórdica y los alpinistas parecían hablar francés canadiense. Acabé la caña, pagué y me despedí. Fui al coche y me fui alejando despacio de aquel sitio. Cuando llegara a Gijón, pensaba yo todo emocionado, tendría mucho que contar, sería el primero que supiera anunciar a todo el mundo lo que teníamos a tiro de piedra y sin ser capaces de verlo. Sin ser capaces de verlo. Sin tan solo ser capaces de haber llegado nunca a ello.

La música de Boib Dylan seguía sonando con su tonalidad nasal.

lunes, 11 de junio de 2012

UNA SÓLIDA Y ABSOLUTA MÁQUINA CÓSMICA

Encontré este documento escrito con letras góticas dentro de un libro viejo sobre divulgación científica que estaba en uno de los rincones más alejados de la sección de libros raros de la Menphistes Grand Library, de la gran ciudad de Hjkplkg. Me puse a leerlo y quedé desconcertado. Decía así:

“Me apasionaba la ciencia. Era magnífico leer los grandes descubrimientos físicos, los grandes descubrimientos astronómicos. Ver cómo la razón a través de la investigación y la intuición llegaban a desentrañar verdades sobre el funcionamiento de la naturaleza. La ciencia requería pasos seguros, certezas probadas; y sobre todo la gran satisfacción de estar en la única verdad posible, demostrable y trasparente para todo ser humano que quisiera conocerla.

“Poco a poco me di cuenta que tan solo éramos máquinas sincrónicas. El cerebro humano, él mismo producto de la naturaleza; buscaba llegar a una perfecta sincronía con su exterioridad, hasta hacerlo funcionar como una manejable identidad. Éramos simples máquinas biológicas en proceso de autodescubrimiento.

“Por eso edifiqué mi ética en la simple precisión de la razón científica. Me deshice de las emociones a base de enfriarlas, de no darles alimento vano; de entenderlas como simple energía descontrolada buscando ser encauzada de un modo seguro, disciplinado, objetivo, real. Las religiones y sus substitutos ideológicos de tipo político ya habían perdido jurisdicción en mi conciencia: las ilusiones vanas seguían ahí como tumores de la conciencia que solo esperan la muerte para desaparecer de una vez y por todas.

“Considerado el universo en su absoluta impersonalidad; en su infinita objetividad y realidad, llegaba a ser un universo maravilloso.

“Yo, Sedrukmer, vivía esa absoluta soledad maquínica y era el hombre más feliz del mundo.”

Discretamente metí el documento en mi bolsillo y salí de la biblioteca. Por fin había encontrado la verdad que tanto ansiaba.

jueves, 7 de junio de 2012

EN NARTSONVILLE HAY COSAS QUE PASAN QUE NUNCA NADIE SABE POR QUÉ PASAN

Llegaba a Nartsonville con el alma vacía y el cuerpo cargado de pecado. Había salido del pueblo hacía casi 40 años. Era todavía joven cuando se dio cuenta que no podía seguir viviendo en Nartsonville. Que posiblemente lo acabarían matando. Su padre era un maldito alcohólico que le hacía trabajar como si fuera uno de los esclavos negros de Murphy Brown, el dueño del rancho Conchita Plains. Además, él mismo, ya empezaba a matar su tiempo libre bebiendo matarratas en el saloon de Debbie MacCoullogh e intentando coger gratis a Louisa Tindal la prostituta coja con la cara llena de dudosas cicatrices. Nadie sabía qué edad tenía Louisa, pero todos en Nartsonville sabían que llevaba demasiado tiempo como para acordarse nadie del día en qué llegó al pueblo. Quizás podía ser su misma abuela, pero él era todavía demasiado joven y con demasiados impulsos pendejos para distinguir edades o despiadadas cicatrices.

A veces se peleaba recio con los hermanos Folkson o se iba a cazar coyotes al mero desierto con el mexicano Joe Garza. En ocasiones tardaban en volver dos días y cuando llegaban a casa estaban medio muertos de hambre y sin ninguna señal de haber cazado nada. Sí, en Nartsonville la vida era dura y perra. Tan solo le gustaba la guayabita Jane, la hija tan bonita del Reverendo Cullman que tantas veces le sonreía cuando alguna vez se dejaba caer cerca de la iglesia o en el colmado de John Buchanan. Qué linda era la Jane. Cuántas veces la tenía presente antes de caer dormido. Tan linda ella y con un padre tan ojo de culo y tan estirado como el coyote disecado que tenía el barbero Tom "Furry" Fergusson en la vitrina.

Un día el Reverendo Cullman le citó a su oficina para supuestamente darle un recado para su padre. pero una vez en la oficina el Reverendo le dijo que como intentase seducir a su hija Jane lo acabaría matando como a un perro. Dicho esto el pastor se levantó de la silla y acercándosele por detrás disimuladamente le dio un par de fuertes bofetones que lo dejaron aturdido por un tiempo. "Ahora váyase de aquí y no se le ocurra mirar a mi hija, hijo del Diablo", dijo el cabrón del predicador lleno de encendida ira. Fue ese mismo día cuando quemó la iglesia del Reverendo y luego decidió no volver jamás a su casa. Galopó como el viento hacia el norte con Wino, el caballo más apreciado de su padre, y nunca más se supo del muchacho.

Ahora volvía ya chingo viejo y con el rostro arrugado de profundos surcos que indicaban una vida de duro trabajo, o quizás de puro desgaste pendenciero por los bajos fondos de muchas ciudades; o quien sabe pues sino habría estado navegando por los mares de Dios y retozando con puras viejas pedorras en cualquier puerto lejano. Nadie lo supo. Simplemente ató su mula cubierta de polvo delante de la tienda de Mary Buchanan, la hija de John y dijo a Clermon Morgan que en aquel momento se cruzó en su camino, que su alma estaba vacía y su cuerpo lleno de pecado y que volvía a su pueblo para dejarse morir, pero que lo mismo lo podía haber dicho a un perro o al primer borracho tumbado en la cuneta, porque le daba igual a quien o a qué se lo decía. En lugar de saludar y presentarse como lo hacen los forasteros decentes, simplemente le dijo al viejo Clermon eso del alma y el cuerpo y las ganas de morirse. Luego se dirigió al saloon que ahorita regentaba Polly, la hija mayor de Debbie MacCoullogh, y pidió una botella de whisky.

Algunos dicen que de puro pedo que estaba trató de molestar a Polly y que entonces el sheriff Williams se vio obligado a intervenir y que así comenzó la balacera. Otros dicen que de tan puro pedo que estaba simplemente cayó por las escaleras y se lastimó tan feo que murió al momento al golpiar una piedra con la cabeza. Otros dicen que todo eso era mentira y que el cuate simplemente se disparó a la cabeza cuando ya estaba chingo pedo de whisky. Nunca nadie supo la verdad, pero tampoco nadie supo porqué a la mañana siguiente su cadáver apareció medio comido por los buitres a la misma vera del desierto, el cuerpo lleno de agujeros y la boca llena de páginas impresas de la Biblia King James que un día había estado en el atril de la vieja iglesia metodista chamuscada hacía muchos años..

En Nartsonville hay cosas que pasan que nunca nadie sabe por qué pasan.

martes, 15 de mayo de 2012

ESTAMOS HASTA LOS MISMOS DE ESE CALVINISMO RADICAL

Mi meditación sobre el calvinismo radical me lleva inevitablemente al problema de la simulación. En un mundo posmoderno queramos o no, ha desaparecido toda verdad absoluta; todo referente transparente y prístino que todos podamos tocar, palpar y sentir como verdad. Por un lado están los fenómenos que sí podemos tocar y palpar y estar de acuerdo en que esto es un coche y aquello un perro; y que yo ahora tomo un café y la persona que está a mi lado es Pepona. Por otro lado, la ciencia nos demuestra que la tierra es redonda y que el neutrino viaja a la velocidad de la luz; o que aquellas ruinas corresponden a aquella civilización y forma de vida; pero cuando tratamos de poner orden al mundo y darle un significado, todo se deshace en infinitas interpretaciones.

Hay tantas interpretaciones como personas. Unos gravitamos alrededor de ciertos centros gravitatorios y otros sobre otros. Solemos gravitar en torno a espectros ideológicos: religiosos, políticos, filosóficos, estéticos, etc. De esa manera creemos dar sentido a los fenómenos que nos rodean. Podemos compartir experiencias con un mismo lenguaje. Pero jamás podemos llegar al convencimiento de que eso en lo que creemos sea la verdad absoluta, el referente definitivo. Descartadas las revelaciones divinas como productos humanos, relativizadas las verdades filosóficas como especulaciones que corresponden a momentos históricos concretos; o, a idiosincrasias particulares; puestas en entredicho las ideologías políticas por su potencial agotamiento en el tiempo; nos vemos forzados a vivir en un mundo de permanente simulación. Las verdades de la ciencia solo alcanzan un valor instrumental.

Ni siquiera sabemos quiénes somos cuando nos replegamos en nuestro interior. Nos representamos a nosotros mismos como mejor podemos, pero siempre surgen los desplazamientos y corrimientos de tierra que nos dejan a veces perplejos. Eso que yo pensaba que era mi yo resulta que es como una energía que se mueve entre ciertos espacios en un incierto campo espectral. Mantenerme ahí en esos espacios no es nada fácil, aun bajo la protección de las ideologías o demás intentos de consolidar significados universales o coherentes. Todos nos vemos arrojados a una permanente simulación. Simulamos con mayor o menor convencimiento que somos esto y lo otro, pero a la hora de confirmar nuestro convencimiento en contraste con el mundo y las personas nos hacemos rápidamente conscientes de la potencial fragilidad de nuestros planteamientos. Nuestra creencia o identidad no es más que otra interpretación más; quizás otra comunidad de interpretación maja e interesante, pero una entre otras. Quizás la elevemos a Verdad Universal, pero incluso ese fundamentalismo se desgasta pronto, a menos que derivemos en una fijación neurótica y otras cosas más arriesgadas. Oh, simulación de simulacros diría a quel saltimbanqui francés llamado Baudrillard.

El calvinismo radical parte precisamente de esta absoluta contingencia y desasosiego. Nos movemos ahí por necesidad. Por la caída radical que significa vivir en este mundo. Es de ahí de donde partimos. Y, es ahora, convencidos de nuestra absoluta contingencia, cuando logramos vislumbrar otra posibilidad, que aunque absolutamente fuera de nuestro esfuerzo y alcance; sin embargo puede actuar con poder de trasformación y absoluta seguridad. Ya no hay nada que simular o pretender. Lo que surge ha de aceptarse tal como es y vivir la cruda realidad abrazándola con la mayor radicalidad ética.

jueves, 10 de mayo de 2012

EXTRAÑAS TONALIDADES

A.- ¿Por qué volviste a visitar aquella nave industrial donde trabajaste?

B.- Pues porque quería despertar mi pasado. La nave vieja y abandonada representa todavía una parte importante de mis años de juventud. Mirando hacia esa lejana juventud desde el presente me doy cuenta que cuando era adolescente todo parecía brotar de una manera fresca, todo parecía tener un sentido o si no lo tenía acabaría teniéndolo. Todo tenía su sitio a pesar de que no todo estaba a gusto nuestro. Aun no tenía capacidad para cuestionar el mundo.

A.- ¿No sentiste una decepción al ver la nave ya abandonada y el patio lleno de maleza?

B.- Bueno. Choqué de repente con el paso del tiempo y eso mismo te enfrenta al drama del cambio. La nave ahora la habitan los vagabundos y está rodeada de edificios de viviendas y de otra nave moderna donde tiene sus dependencias un periódico local. El pequeño edificio que hacía de frente de los talleres y que en su primer piso albergaba las oficinas y un almacén; y, en el segundo, la vivienda del jefe, pues ahora está todo cerrado, deshabitado, oscuro, desvalijado, roto.

Una vez tuve un sueño que consistía en que yo paseaba por esa misma nave industrial, y el pequeño taller que era donde trabajábamos antes de ampliarse a la nave industrial, pues cobraba vida con gente que estaba trabajando y entonces yo empezaba también a trabajar, pero lo hacía de una manera voluntaria, nadie me obligaba a ello. Era el mismo taller familiar de la familia Romero y la misma gente, pero era un sueño y yo era incapaz de entrar a la hora. De hecho nunca entraba a la hora porque aquel sueño se repitió varias noches y nunca entraba a la hora y los jefes no sabían qué hacer conmigo pues estaba allí de forma voluntaria; como haciéndome un favor. Pero el caso era que yo tampoco hacía las cosas bien; las piezas me salían mal y la situación llegaba a ser un tanto embarazosa por mi parte y por la de ellos. Los jefes eran padres e hijos de la familia Romero.

A.-O sea, era una empresa familiar. ¿Qué conclusión sacaste de esos sueños?

B.- Sí. Antes en nuestra ciudad abundaban las empresas familiares. De hecho la misma nave añadida al antiguo taller y a la casa que hacía de frente, había sido otro negocio industrial fracasado. Eran la familia Albuerne dedicados a la fabricación de máquinas hidráulicas, y calderería diversa. Pero fracasaron. Entonces los Romero la compraron y como las paredes eran contiguas pues hicieron una puerta de comunicación, ampliaron muchos metros cuadrados  y metieron más máquinas de prensar. En cuanto al sueño, pues qué sé yo. Los sueños hay que vivirlos como son sin buscar explicaciones didácticas o pedagógicas. Yo sueño así y tú sueñas de otra manera y punto. Pero eso no quita que los sueños sean inquietantes, que estén hablando de algo que eres tú pero bajo otra tonalidad; extraña tonalidad que forma como otro universo paralelo que está ahí noche tras noche. Es todo muy extraño. Joder, esta vida es muy extraña. Dejémoslo ahí.

A.- Sí. Dejémoslo ahí por ahora.

viernes, 4 de mayo de 2012

LAS GAFAS DEL OTRO MUNDO

Un día un amigo que se había hecho miembro de una secta mormona me dijo que los de su iglesia podían ver a los cuerpos astrales de los muertos con unas gafas que ellos se habían hecho. Yo no lo creía y me reía de él. Vaya fanáticos que sois, dije. Entonces él me dijo que quería probarme que lo que decía era verdad.

Al día siguiente fui con él a su iglesia. Vivía en un barrio pobre y su iglesia estaba hecha de madera. Los miembros de su secta vivían cerca de la iglesia y eran todos polígamos. Mi amigo era hijo de la tercera mujer de Salomón Murthwer, que era su padre. Su madre era muy guapa y nos invitó a tomar un chocolate. Entramos a la casa y había muchos niños pequeños jugando con coches de juguete. Eran todos hermanos-hermanastros de mi amigo. Fuera de la casa estaba todo muy animado. Había hombres viejos tocando el banjo y cantando. Había chicas jóvenes que me miraban con ganas de hablar conmigo. Yo era tímido y me refugiaba en la conversación forzada con mi amigo.

Por fin llegó la hora del culto y me llevó a la iglesia. Pronto se llenó de gente de todas las edades. De repente se hizo un silencio y del estrado se levantaron tres enormes figuras que eran los elders. Uno de ellos dijo que se comenzaría a repartir las gafas del otro mundo. Les llamaba las gafas del otro mundo. Entonces dos muchachos de unos doce años fueron repartiendo las gafas del otro mundo. Cogí las gafas y mi amigo me dijo que esperase un poco. Así fue que de pronto cerraron las contraventanas y todo se quedó oscuro. Uno de los elders dijo que pusiésemos las gafas del otro mundo. Yo las puse y …..

…..Y pronto vi que algo se movía por el aire. Empecé a reconocer voces a mi alrededor, pero eran voces que salían de figuras como hechas de humo o de vapor de las nubes. Traté de tocarlas pero cuando las quería tocar no había nada. Era como tocar humo. Y de repente alguien me nombró. Miré y vi que era mi abuela Matrenona que me quería dar pan y chocolate. Se acercaba para darme pan y chocolate, pero cuando lo iba a coger no cogía nada. Me entró un escalofrío y quité las gafas del otro mundo. No veía más que oscuridad y mi amigo parecía estar hablando con alguien con sus gafas puestas. Volví a poner las gafas pero tenía miedo. Entonces una cara sonriente se acercó a mí desde ese otro mundo y me dijo que ese mundo era real y que no tenía por qué tener miedo. Entonces me contó chistes picantes para que viera que era un alma astral real como la vida misma. Yo me reía.

De pronto uno de los elders nos dijo que quitásemos las gafas. Las contraventanas se abrieron y allí estábamos todos dispuestos a escuchar el sermón mormón. Mi amigo me dijo ¿qué? Y yo le dije: sí veo que es verdad. No me reiré más de ti.

Así que ahora tengo por costumbre no reírme más de mi amigo cuando me habla de sus gafas y los cuerpos astrales.