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martes, 29 de junio de 2010

LA COLONIA VI: LA MUERTE DE GLENDA

En el último patio había una especie de paso estrecho que comunicaba la parte de delante de la parte de atrás. El paso sigue estando formado por la valla y el último edificio de la colonia. Ana y yo lo cruzamos esa tarde de agosto del año 2008. Ana siguió caminando y yo entonces quedé parado fijándome en el tramo de valla del paso. Fue allí donde en aquella otra tarde lejana del 1958 estábamos sentados varios chiquillos sobre la valla que entonces no tenía ninguna pared de edificio colindante adosada, sino que daba a un descampado libre de toda construcción hasta alcanzar unos talleres de curtido de pieles que despedían un olor nauseabundo muy desagradable; cuando una de las chicas me espetó: “Se ha muerto tu hermana y no lloras. ¿Por qué no lloras?” Yo me quedé muy pensativo. Efectivamente no estaba llorando y debería de estar llorando para estos amigos. Mi hermanita Glenda había muerto y yo no sabía sacar lágrimas de aquel acontecimiento que me resultaba abrumador, pero sin saber qué hacer. Llorar quizás hubiese sido lo más normal y natural, pero no me salían lágrimas. Y los chicos esperaban que llorase o estuviese en casa encerrado o cualquier otra cosa extraordinaria. José Aurelio estaba allí y tampoco lloraba en ese momento. Éramos críos y lo natural era jugar o estar en la calle. Eran los mayores los que estaban en casa llorando y tristes. Muchos años más tarde cuando Robbie estaba embarazada de Roxana y en un fin de semana que estábamos pasando con Manolo y Alice en su casa de Blacksburg en Virginia, recordé de repente todas las escenas que tenían que ver con el nacimiento y muerte de Glenda. Hacía una noche de luna llena y por la ventana se veía el paisaje montañoso de los Allegheny, pero mi mente comenzó a proyectarse hacia el pasado y de repente estaba rememorando aquella primavera del 58 y todo lo que había pasado y comencé a llorar y llorar sin parar en el año 1984 lo que no había llorado en el 1958. ¿Qué había pasado?

Mi madre dio luz a una niña en marzo de aquel año en el Hospital del Niño Jesús en la calle Menéndez Pelayo, al lado de El Retiro. Menchu estaba en casa cuidándonos y haciendo todo aquello que hacía posible seguir vida normal dentro del acontecimiento. José Aurelio ya era uno más en la vida de la Colonia y todo parecía ir bien. La señora Aurelia, la trapera, seguía recogiendo la basura que le llevábamos y allí sentada a la vera de su carretillo que empujaba con lentitud de patio en patio, seguía escogiendo la basura y clasificándola de acuerdo a criterios de muy precaria rentabilidad económica. Mientras, el zángano de su marido, permanecía sentado en los escalones del portal sin dar golpe o leyendo el Marca. No eran gente muy mayor, pero parecían ancianos abandonados a la basura y la miseria de los trapos, el cartón y papel, la escoria, las latas y qué sé yo cuantas cosas aprovechaba la señora Aurelia, tan silenciosa, tan callada; tan resignada con aquel zángano de marido que a veces, reparaba algún que otro pote o caldero si venía a cuento; pero casi nunca venía a cuento. Una mañana cuando mi madre estaba en el hospital, la Señora Aurelia me habló y me dijo: “¿Así que la cigüeña está de camino y te va a traer un hermanito? ¿No estás contento?” En realidad no sabía muy bien qué estaba pasando con mi madre. Yo la veía engordar mucho, pero no sabía nada de embarazos o cómo nacían los niños, eso era cosa de la cigüeña y yo me lo creía, pero no sabía que mi madre iba a tener un hijo aunque algo había oído o mi padre me había preguntado algo sobre si quería un hermanin o una hermanina, pero no captaba lo que realmente sucedía. Los siete años de entonces eran años de extrema inocencia. Alguna vecina también me decía lo mismo.

Un día que volvíamos a casa después de jugar Menchu nos dijo que nos acababa de nacer una niña y una prima para José Aurelio. Al día siguiente iríamos a ver a mi madre al hospital y veríamos también a la niña. Y así fue. Al día siguiente fuimos al hospital y vimos a mi madre y a la niña allí enterrada entre las sábanas. Yo estaba contento y sólo quería que la niña fuera a casa cuanto antes. Mi madre tardó algún tiempo en volver a casa y un día cuando volvíamos del colegio allí estaba mi madre y la niña en una cuna-cesta de mimbre. La vida en el piso cambió y todas las rutinas anteriores se trastocaron. Mis padres decidieron llamarla Glenda, María Glenda, ya que como era ya consabido en nuestra familia ningún nombre escogido por mis padres era aceptado en sí mismo por el registro civil de la época, salvo que se pusiera un Manuel o José o María delante. Entonces la niña se llamaba María Glenda. Pero un día mi madre nos llamó a los tres (Rubén, José Aurelio y yo) mientras lavaba a Glenda y nos enseñó algo que nos dejó preocupados y perplejos a pesar de nuestra corta edad. Debajo del brazo de la niña, en la misma axila, había un bulto morado un tanto llamativo. No era normal aquella desfiguración en una niña de días. Había nacido con ese bulto y mi madre, con lágrimas en los ojos, nos lo estaba diciendo. “Tiene esta pupa, pero se la van a curar” nos dijo. La niña estuvo en casi un par de semanas o más. Lloraba, mamaba y dormía y todo parecía seguir el nuevo ritmo de vida familiar con un bebé sin más percances. Pero aquel bulto estaba ya estaba en la mente de todos y una inquietud se estaba apoderando de todos. “Mamá, eso se curará, ¿verdad?” preguntaba alguna vez. Y ella respondía: “Sí, los médicos van a quita y-lo y va a sanar, no te preocupes.” Recuerdo cómo mi madre vestía a Glenda y la acunaba y salíamos con ella de paseo. Pero algo no iba bien a pesar de todo. Rami y la tía Ramona pasaban con más frecuencia que nunca por casa. Había conversaciones que se silenciaban cuando aparecíamos nosotros. Las primas Marisa y Maricarmen no podían disimular que algo serio estaba pasando. Hasta en el colegio la Señorita Lodeiro se mostraba más afectuosa conmigo.

Mi madre entonces tuvo que volver al hospital con la niña. Las pruebas del tumor eran malignas, pero eso lo supimos después. Mi madre volvía al hospital para curar a Glenda y luego volvería con ella sana y sería una niña normal. Eso era lo que pensábamos los críos y aquella idea nos daba cierta alegría. Pero una semana después justo el día en que Glenda cumplía el mes mi padre nos dio la noticia: Glenda había muerto. Recuerdo que no sabíamos dónde mirar, dónde ponernos, a dónde ir. No sabíamos qué decir. Era como una terrible pesadilla que se había instalado de repente en la imaginación infantil en forma de silencio recubierto de cielo blanco, de misterio. “Tu hermanita está en el cielo”, me decía Rami o algún amigo o alguna vecina. Pero ¿qué era eso del cielo? Me imaginaba a Glenda en un mundo blanco al que se llegaba con una carroza blanca como las que veía pasar a veces desde el tranvía cuando enterraban niños y salían por la avenida de Daroca en dirección al cementerio de La Almudena. Algo tuve que llorar pero no me acuerdo. Si recuerdo a José Aurelio llorar y a mis tías y a las hijas de Rami, pero Rubén y yo no sabíamos qué cara poner en público. Al día siguiente fuimos al hospital y mi madre estaba llorando en una habitación. Luego unas monjas nos llevaron a una pequeña sala donde estaba Glenda en caja blanca muy pequeña. “Mirad a vuestra hermanita” nos dijo una monja “si veis algo rojo en su carita no es sangre, es yodo” nos dijo la monja. Luego fue el entierro. La gente pasaba por casa, luego fuimos todos otra vez al hospital del Niño Jesús y hasta allí llegaba el coche carroza blanco y pequeño para luego irnos todos en taxi hasta el cementerio de la Almudena y allí, en aquel cementerio tan grande como una ciudad, quedó Glenda en una tumba de tierra junto con otros niños y con una cruz que decía “A nuestra querida Glenda: Glenda Andrés Díaz que subió al cielo el___de abril de 1958.” Fuimos a ver esa tumba más veces, pero luego con el tiempo dejamos de ir al cementerio. A veces miraba un recordatorio de Glenda, una especie de estampa, donde se veía un ángel subiendo al cielo en un lugar muy limpio y solitario, un lugar parecido a aquella sala del hospital donde reposaba la niña con los ojos cerrados como si estuviese dormida, una carina redonda y tranquilina que siempre quedó en el recuerdo.

“Se ha muerto tu hermana y no lloras. ¿Por qué no lloras?” No todos lloramos al mismo tiempo y no todo lloro se traduce en lágrimas. La explosión de lágrimas se habría de producir en el futuro, en la habitación de Blacksburg, Virginia 26 años después mirando a un paisaje de luna llena con Robbie en la cama durmiendo y con Roxana en su cuerpo que nacería tres meses después.


(seguiré)

Vital de Andrés

2 comentarios:

  1. Precioso relato. Cuando yo vivi en la colo, la señora que venía a recoger las basuras, que se tiraban a un cubo de hojalata forrado con papel de periódico, se llamaba "señora Juana"

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    1. Sí, muy buena rectificación....te sugiero que entres en nuestro grupo de wasap de la Colonia, tus contribuciones aclararían mucho!!! Creo que lo administra Rafa, el pequeño de la Familia.

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